El ascensor

                                      EL ASCENSOR

La novela corta El ascensor fue galardonada en el II Certamen de Novela Corta de Sevilla del año 2012.

La presento íntegra a continuación.

 

Séptima planta. (La ventana, 2012)

 

“¿Para qué necesitas ahora las gafas?”

    La pregunta volvía cada tanto a la cabeza de Teresa. Una pregunta antigua, con cuarenta y dos años de solera. Una pregunta ya sin voz, la voz de Enrique perdida en el recuerdo, lejos.

    Acaso había sido el sol de otoño o su reflejo sobre el mar, lejos también, lo que la había vuelto a formular. La mirada de Teresa se deslizaba a través de la ventana por la fuerte pendiente de la calle Muntaner hacia el Mediterráneo.

    Le gustaba contemplar Barcelona desde la parte alta de la ciudad, como si fuera San Francisco y Steve McQueen pudiera aparecer en cualquier momento al volante de su cochazo, con las gafas de sol caladas, volando cuesta abajo hasta Fisherman’s Dwarf.

    Más de cuarenta años, recordaba Teresa, en la misma ventana del mismo piso alto, ajena las más veces a la espectacular vista y a los tranvías, cuando aún los había, con chirrido de Cable Car.

    Se ensimismaba en la lectura de sus libros de poemas: Salinas o Machado. Al principio, con una sola preocupación: la educación de su hija Silvia, el peso de hacer rodar la piedra cuesta arriba, sola después del accidente. La obsesión de que el trauma no afectara a la niña.

    Otras veces la calle Muntaner le evocaba la carretera, su marcado declive entre los árboles; el asfalto rugoso que tan bien conoció. En estos casos luchaba por reprimir el recuerdo. Acudía a sus versos favoritos, simples y exactos. Ella era Machado entonces. Los álamos de las orillas del Duero eran los maltratados plátanos del Ensanche barcelonés. La espina a la que alude el poeta de Soria era su propia espina. Sólo que, en su caso, la espina tuvo un nombre: Enrique.

    Lo que le resultó más atractivo de Enrique, pensaba Teresa junto a la ventana, no fueron sus extraordinarios ojos verdes ni su sonrisa de niño mimado ni su nariz de boxeador, medio torcida. Lo que le apasionaba de él era el deseo que siempre demostró por ella. Desde el primer instante, en la primera clase del primer curso. Un pícaro, pensó en el momento en que lo vio. Cordero en piel de lobo o al revés. Ella tenía entonces diecisiete años; él siete más. Era Profesor Ayudante en la cátedra de Anatomía I y no ocultaba su satisfacción por ser el adjunto más prometedor.

    Cuando ella estaba en quinto curso, se casaron.

    Su vida en pareja tuvo el ritmo circular de un tiovivo. Cada vuelta depositaba en la estantería de su piso de Muntaner nuevos cartuchos amarillos de cine en súper ocho. Enrique se había convertido en el catedrático más joven de la Facultad de Medicina. Teresa preparaba el ejercicio de su profesión. Luego llegó la niña, Silvia. Todo en formato Kodak, debidamente etiquetado, rotulado, montado y titulado.

    Luego llegó la espina. 

    Era curioso, pensaba frente a la ventana: el efecto de arrancarse la espina había coincidido con el que anunciaba la canción de Machado. “Ya no siento el corazón”. Durante muchos años, para Teresa, la única posibilidad de seguir sintiendo el corazón, el único asidero para seguir andando caminos, había sido Silvia.

    En ocasiones se decía a sí misma que sus caminos, al igual que aquel viejo camino soriano de Antonio Machado, desaparecieron cuando su pasión se esfumó cuarenta años atrás. Desaparecieron con la excepción, tal vez, de la carretera entre los árboles, túnel verde enmarcado por los faros del coche aquel agosto. Una vida sin caminos, pensaba; una vida sin pasión.

    No le importaba. Porque su pasión había sido el odio.

 

 

Bajando. (Valiente como Batman, 1998)

 

    Ricky irrumpió en el salón.

    –Abuela, abuela, ¿sabes lo que pensaba hoy al salir del cole?

    –Yo también estoy muy contenta de verte –­­sonrió Teresa— Anda, dame un beso y luego pregunta lo que quieras.

    El niño se le acercó con cara de resignación. Tenía siete años y una desmedida propensión al sentimentalismo y la fantasía. No le gustaba el fútbol por miedo a que perdiera el Barça, ni el ejercicio físico porque sabía que otros lo hacían mejor que él. Tal vez, se había dicho Teresa, le pesaba la carga de ser el único hombre, el hombrecito, de la casa.

    –¿Sabes lo que pensaba hoy al bajar del cole? ─repitió Ricky.

    –¿Cómo iba a saberlo? Anda, dímelo.

    –Pensaba que qué va a pasar si lo que pienso, luego no es verdad.

    –¿Cómo no va a ser verdad, si lo piensas?

    –No. Yo pienso, digamos... yo pienso: voy a ser cosmonauta. Tú sabes que quiero llevarte a Marte cuando sea cosmonauta... Yo pienso: ¿y si luego no es verdad?

    –Bueno... nadie sabe lo que puede pasar cuando seas cosmonauta, Ricky. Y a lo mejor luego cambias de opinión y quieres ser médico, como yo, o portero en un inmueble como Tomás, o qué se yo... Pero siempre será verdad que cuando tenías siete años querías ser astronauta...

    –Cosmonauta.

    –Eso, cosmonauta.

    El niño meditó unos instantes los razonamientos de su abuela. Luego preguntó.

    –¿Qué es un inmueble?

    –Es una casa con pisos donde vive la gente. Este edificio es un inmueble y nuestra vivienda está en el séptimo piso de este inmueble.

    –¿Y Tomás es el portero?

    –Eso ya lo sabes tú, Ricky; es el encargado de tenerlo todo limpio, recibir los paquetes y las cartas, vigilar la portería.

    –Y recogerme a mí en el cole.

    –Bueno... eso lo hace porque te quiere mucho. Como a tu mamá y a mí. Nos hace ese favor porque es muy buena persona y el cole no está lejos.

    –Me gusta.

    El niño calló por un instante. Luego dijo:

    –Tomás me gusta cuando es de verdad, cuando está conmigo, y también me gusta cuando no está, cuando lo imagino. Pero algunas cosas no me gustan tanto cuando son de verdad como cuando las imagino.

    –¿Qué cosas, Ricky?

    –No sé... en las películas. ¡Batman! Batman es mejor cuando leo los tebeos que en la película que vimos ayer en el cine mis mamás y yo.

    –Querrás decir Silvia y Cheryl; ya sabes que a ellas no les gusta que las llames mamás a las dos.

    –Pero Silvia es mi mamá. Tú me dijiste que yo había estado dentro de su barriga nueve meses, como todos los niños.

    –Claro.

    –Y mamá... Silvia, siempre me dice que ella y Cheryl son iguales en todo.

    El niño acababa de tocar uno de los temas que Teresa prefería no comentar; mucho menos con su nieto. Trató de darle un giro a la conversación:

    –¿Qué me decías de Batman, Ricky?

    –¿De Batman? Que cuando fuimos al cine con... con Silvia y Cheryl, la película no me gustó tanto como los tebeos.

    –¿Y por qué la película no te gustó tanto como los tebeos?

    –No es lo mismo. No es lo mismo que cuando leo los tebeos. Cuando leo los tebeos es mucho mejor.

    –Y ¿por qué crees que es mejor?

    –No sé... Hay muchas cosas. ¿Sabes por qué? Porque la voz de Batman no era la misma en el cine que en los tebeos. La voz de Batman es mucho mejor en los tebeos.

    Teresa sonrió. Su nieto iluminaba los momentos amargos de su vida como lo había hecho Silvia años atrás. Tal vez la infancia de Ricky, se dijo, estaba siendo más feliz de lo que había sido la de Silvia. Creció con el cariño de tres mujeres muy distintas: dos madres, como decía él, y una abuela todavía joven.

    Silvia, en cambio, era un milagro que no hubiera perdido la razón. Con cuatro años, tuvo que superar el peor de los traumas que un ser humano puede sufrir.

    Teresa se dio cuenta de que su nieto esperaba un comentario sobre la realidad de los tebeos.

    –¿Cómo es la voz de Batman en los tebeos, Ricky? ─dijo.

    –Es... valiente. ¿Sabes cómo es? La voz de Batman en los tebeos es como la voz de Tomás, pero en más valiente.

    –Tomás es muy valiente ─dijo Teresa─, estoy segura de que Tomás es tan valiente como Batman. ¿Has traído deberes?

    –Le prometí a Cheryl que los haríamos juntos.

    –Pues, hala, cámbiate. Debe estar al llegar.

    El niño tomó la cartera y salió zumbando hacia su habitación. No podía caminar como cualquier persona, tenía que correr y correr. ¿Eran así todos los niños? ¿Había sido así su hija Silvia?

    Teresa desvió la mirada hacia la calle Muntaner. Había un embotellamiento y sonaban algunos cláxones.

 

 

Bajando. (Soy lesbiana, 1981)

 

    Hasta cierto punto fue un alivio que Silvia le confesara su homosexualidad. Tenía dieciséis años la tarde en que lo hizo y la declaración le pareció a Teresa demasiado adulta para ser asumida por una adolescente. Al mismo tiempo, la firmeza con que su hija se manifestó confirmaba la capacidad de la chica para decidir por sí misma: tantos años de terapia no habían resultado inútiles.

    Como siempre que quería conversar de cosas serias, Silvia se había sentado sobre el costurero de madera, contra la pared y bajo la ventana de la sala, la ventana orientada hacia el mar.

    –¿Por qué no coges unos almohadones, Silvia? yo estaría más tranquila por la integridad de este viejo costurero y tú más cómoda ─Teresa había repetido la propuesta a lo largo de los años sin éxito. Silvia argumentaba que llevaba usando el costurero como asiento desde que era pequeña y que, por lo demás, no había almohadones en la sala.

    Aquel día sólo dijo:

    –Estoy enamorada de Cheryl, mamá.

    Teresa comprendió cuál iba a ser el meollo de la conversación pero no quiso anticipar ningún juicio.

    –¿Quieres decir que seguís siendo amigas del alma y que la quieres mucho? ─dijo.

    –Quiero decir que soy lesbiana.

    Estaba claro; era una afirmación, no una pregunta o una petición de opinión.    

    –¿Cómo puedes estar segura de ser lesbiana, hija? ─Teresa se dio cuenta inmediatamente de que no debía haber empezado por ahí. Se apresuró a añadir:

    –Sabes que cualquiera que sea la opción que tomes yo voy a estar conforme. Lo que quiero decir es que eres muy joven, sólo tienes dieciséis años. No sé si has tenido tiempo de... no sé; de vivir la vida, supongo. Te has sentado en el costurero y lo primero que me has dicho no ha sido “soy lesbiana”; ha sido “estoy enamorada de Cheryl”.

    Teresa tenía que hacer esfuerzos para que su mirada no se le escapara hacia la calle. Quería seguir atenta al interior, a los gestos y palabras de su hija. ¿Era culpa lo que sentía? ¿Por qué culpa? ¿No se le había ocurrido que Silvia pudiera preferir el amor de una mujer al deseo de un hombre?

    –Solo quiero que estés segura, hija. Sabes que eres lo más importante para mí. ¿Por qué no charlamos un poco más antes de dar las cosas por sentadas?

    –Vaya, ya hablas como Oscar, mamá. Claro que vamos a charlar un poco más; ¿qué te parece que estamos haciendo? Tú también eres muy importante para mí. Lo eres todo. Pero no eres lo primero. Cheryl es lo primero. Y lo segundo es que cuando hemos tenido un pique ella y yo, o nos hemos cabreado... sí, no me mires así, nos hemos ca-bre-a-do; todo el mundo habla así en la escuela, por el amor de Dios. Cuando nos hemos cabreado nunca he pensado en quedar con un chico para el fin de semana, ni con Carlos que, no sé si te diste cuenta, pero está por mí desde tercero. No es en eso en lo que he pensado. He pensado en otras chicas. He pensado en Isabel o en Carmen. Son las chicas las que me resultan atractivas, mamá. Voy a por una Coca–Cola, ¿quieres algo?

    Silvia se levantó y se dirigió a la cocina. Su madre negó con la cabeza aunque su hija ya no podía verla. Oyó el ruido a ventosa de la nevera abriéndose, el tintinear de hielo en un vaso. Sintió otra vez la culpa. Ahora, se dijo, una culpa distinta; la de sentirse feliz por la decisión de su hija. Desde la cocina Silvia anunció:

    –Hemos tenido relaciones, mamá. Hace cuatro meses que nos acostamos. Lo tenemos absolutamente claro las dos.

    Reapareció con un vaso en la mano. De pie frente a su madre, con sus vaqueros medio roídos y la horrible camiseta azul oscuro con salpicones de lejía aplicados para fingir desgaste, Teresa no vio a la adolescente; vio a la niña. A la niña insegura que Silvia ya no era. A la niña que Tomás recogía cada tarde del colegio años y años, hasta que pudo ir y volver sola. En aquel tiempo Tomás era muy joven y la tristeza de Silvia le consternaba. Por el camino de vuelta de la escuela, para animarla, le contaba cosas divertidas o le compraba chuches, pese a las reticencias de Teresa. A veces las payasadas del muchacho arrancaban de Silvia una sonrisa.

    Aquella era la niña que su madre veía frente a sí. Una niña triste y al mismo tiempo decidida a vivir. 

    –Abrázame, mi pequeña, abrázame. Y háblame de tu amor como hacen todas las hijas con sus madres.

    Silvia dejó el vaso sobre la mesa del comedor, se acercó a Teresa y apoyó la cabeza en su hombro. Es el olor de siempre, pensó Teresa. Sabía que su hija no iba a hablarle de amor como las demás hijas. Tal vez ninguna hija lo hacía. Silvia, además, disponía de su propio espacio para hablar, su diván personal hecho de calma y silencio. Permanecieron abrazadas largo rato.

    –Vamos, siéntate otra vez. A ver si ahora que ya te has hecho adulta elijes otro asiento que no sea el jodido costurero.

    Silvia sonrió.

    –Y no me mires así. Por supuesto que he dicho jodido. Jo–di–do. Todo el mundo habla así. No creas que es patrimonio de tu cabreada y cabreante escuela.

    Rieron.

    –¿Lo has hablado con Oscar? ─dijo Teresa.

    –Claro que lo he hablado con Oscar; hace meses. Bueno, debería decir que lo he hablado ante Oscar. A veces pienso que te salen muy caras las sesiones para que mi psicoanalista se pase semanas enteras sin abrir la boca.

    –Y ¿qué te ha dicho cuando la ha abierto? Quiero decir... ¿qué te ha dicho sobre esto? Bueno... en realidad quiero decir si te ha servido hablarlo.

    –Claro que me ha servido.

    –¿No quieres compartir conmigo lo que te ha dicho?

    –Sí que quiero, mamá; claro que quiero. Me ha dicho la cosa más maravillosa que puedas escuchar cuando le dices a alguien que eres homosexual; me ha dado la mayor prueba de respeto que podía darme.

    –¿Qué te ha dicho?

    –Nada. No me ha dicho nada.

 

 

Entresuelo. (El psicoanalista, 1969 octubre)

 

    Tan pronto como Teresa se recuperó del accidente, llevó a su hija al psicoanalista. Fue el primer día en que con la ayuda de Tomás pudo entrar en un taxi. El portero las acompañó hasta la consulta del especialista en psicología infantil. Silvia sólo tenía cuatro años y estaba asustada aunque Tomás le había prometido un premio si se portaba bien.

    –Volveré dentro de tres cuartos de hora ─dijo el conserje─. He quedado aquí con el taxista. Sólo tardaré un minuto porque son seis calles y las hago corriendo, pero si me retraso dígale al taxista que me espere.

    –Gracias Tomás, no sé qué haría sin ti.

    La secretaria la ayudó a entrar en la sala de espera. Moqueta y silencio. Había un enorme oso de peluche en uno de los rincones, en el otro una mesa con revistas. Las sillas eran de rejilla color cereal. Había cuatro asientos pequeños a juego. En las paredes, láminas pintadas por manos infantiles, algunas enmarcadas, otras sujetas con chinchetas.

    Oscar Zuloaga abrió la puerta.

    –Buenas tardes, Teresa... y esta es Silvia, ¿verdad?

    –Sí, doctor; no sabía si traerla en la primera entrevista.

    –No me llames doctor, a menos que desees que te llame doctora. Llámame Oscar ¿vale? ¿Qué le pasa a la señorita?

    –No duerme ─dijo Teresa─ Ya lleva tres días sin dormir. A lo sumo una hora aquí y allá, pero seguido, nada. Ni en su cama, ni en la nuestra... bueno, en la mía; ni siquiera conmigo acompañándola. No duerme.

    –No duerme ─repitió el psicólogo─. ¿Y cómo es que no duermes, Silvia? ¿Hay alguna cosa mala que viene por las noches? –Las preguntas iban dirigidas a la niña. Teresa no sabía si responderlas ella o aguantar el silencio. Oscar parecía sentirse confortable ante la falta de respuesta de la pequeña. Silvia miraba alternativamente a su madre y al médico. Comenzó a chupar el pulgar de su mano derecha.

    –¿Te gusta dibujar? ─dijo Oscar.

    No hubo respuesta. La niña le seguía mirando.

    –¿Y romper papeles? ¿Te gusta romper papeles?

    Silencio.

    –¿Cómo estamos de lenguaje, Teresa?

    –Hablaba mucho y con claridad para sus cuatro años. Pero eso era antes del accidente. Después estuvimos más de cinco semanas sin vernos. Mis padres la tuvieron todo ese tiempo y después contratamos una nana, porque ellos viven fuera, en Mallorca.

    Teresa rebuscaba en su mente informaciones que pudieran ayudar al psicólogo.

    –Con mis padres en casa estaba bien; no hablaba apenas pero comía y dormía por las noches. Me visitaban cada dos o tres días; notaban mis mejoras. Desde que salí del hospital, la cosa ha empeorado. Se niega a ir a la escuela y apenas quiere separarse de mí. Será porque me ve tan mal. Está todo el tiempo como alterada, tensa.

    –Bueno, bueno, bueno…

    El psicoanalista se sentó en el suelo con movimiento lento. Sonrió. Calló.

    Por la ventana del patio de luces se oía una conversación. Teresa no podía distinguir las palabras. Sólo las voces. Eran voces de mujer, voces alegres. Dirigió su atención al interior de la salita. En la mesa del rincón, junto a las revistas, vio un juguete antiguo, un payaso de madera, casaca verde, nariz roja, tambor de color crema, grandes zapatones oscuros. Había una pila de cajas de cartón apoyada sobre la otra pared, con nombres rotulados en negro.

    Oscar callaba y sonreía.

    En el patio, las mujeres cesaron en su charla; tal vez habían acabado de tender la ropa, pensó Teresa. Lejos, como en sordina, se alcanzaba a escuchar el cling–clang de un tranvía. Sentía relajarse los músculos de sus brazos y hombros. La ansiedad la había acompañado después del accidente como a Silvia. Conocía el sabor a arena de las noches en blanco, una arena afinada ahora por el silencio de aquel hombre sentado en la moqueta, compartiendo con ellas la atmósfera de la sala de espera.

    –Vamos a hacer una cosa ─dijo el psicoanalista─ quisiera hablar un poco contigo en la consulta, a solas, Teresa. La niña puede quedarse aquí con Manolito –se levantó y tomó el oso de peluche– Este es Manolito, Silvia ¿te parece que seréis amigos?

    Silvia amagó un puchero pero no lloró. Miró en dirección de su madre. No respondió.

    –Mi consulta está en el cuartito de acá al lado ─dijo Oscar─ Dejo la puerta abierta. Si quieres asomarte puedes hacerlo. Pero Manolito va a estar muy contento si te quedas a jugar con él.

    Silvia le miró.

    –¿Vamos Teresa? ─dijo él.

    Teresa hizo ademán de llevar las manos a las ruedas.

    –No te preocupes ─dijo él─, yo te entro, yo te entro.

    Hizo rodar la silla hacia la puerta que comunicaba con su consultorio, un espacio amplio, con escasos muebles. La situó ante el escritorio. Había una pequeña estatua sobre él, del tamaño de una pieza grande de ajedrez. Atenea, pensó Teresa, o Venus resurgiendo de sus cenizas.

    –Bueno, bueno, bueno... ─dijo de nuevo el psicoanalista.

    Hubo una pausa extensa.

    De forma inesperada, la pregunta volvió a ocupar la mente de Teresa: “¿Para qué necesitas ahora las gafas?”

    Teresa sintió rabia. No quería hablar sobre la pregunta. Quería borrarla para siempre. Buscó otro tema; había tantos. Empezó a hablar mirando de soslayo hacia la puerta. Su hija no asomaba la cabeza. Tampoco, como Teresa había temido, se escuchaba el llanto de la niña o el reclamo de su soledad.

    No lo dijo todo. No explicó por entero la verdad. Pero habló del horror y del odio. En voz muy queda, como para evitar que nadie fuera a oírla, ni siquiera el doctor, sentado frente a ella. Habló con palabras salidas de los labios sin pensar, musitadas casi como en un rezo. El psicoanalista inclinaba la cabeza hacia delante. A veces la movía lentamente, afirmando. No preguntó nada. Teresa habló y lloró durante más de media hora. Luego calló por unos minutos. Luego dijo:

    –¿Crees que puedes ayudarnos, Oscar?

    Él difirió su respuesta unos segundos. Sus grandes ojos claros brillaron por primera vez. Se quitó las gafas. Pasó sus dedos índice y pulgar sobre los párpados.

    –Me gustaría mucho intentarlo ─dijo─ Hemos de ver qué piensa Silvia. Me pareció que encajábamos bien. ¿Cómo lo ves?

    Teresa no sabía cómo verlo. Pero cuando volvieron a la sala de espera, él manejando desde atrás la silla, lo que allí vieron la sobrecogió.

    El oso de peluche descansaba en el suelo enmoquetado. Su sonrisa perenne, dirigida hacia el techo o acaso hacia los dibujos más altos de la pared, parecía gozar del resto de la escena. A su lado ─Teresa la vio rodeada por el brazo acolchado de Manolito─ Silvia dormía. Con un sosiego que su madre no le recordaba desde hacía semanas. Silvia dormía con una placidez de niña, de inocencia. 

Planta baja. (El ascensor, 1969 mayo)

 

    Ya en el refugio del portal, sacudo el paraguas mientras sostengo la puerta de hierro y cristal con mis espaldas. Tomás se precipita en mi ayuda, como siempre.

    –Yo la tengo, yo la tengo, señorita. Vaya día de perros.

    –Ya puedes decirlo.

    Camino hasta el ascensor. Está en un piso alto. Suena en la bajada como una nota musical muy grave. Una nota que estuviera fuera del pentagrama. Sonrío por la ocurrencia. También sonrío porque Tomás se ha quedado escoltándome; me doy cuenta de que le sonrío a él, agradecida. Parece tener algo que decir.

    –¿Le guardo aquí el paraguas y así no moja su casa hasta que salga?

    –No creo que salga ya, Tomás. Tengo el resto del día libre por un malentendido con los quirófanos. No saldré al menos hasta que llegue Enrique con la niña.

    –El señorito ya está arriba ─hace una pausa y añade─ Llegó hará media hora... y con la niña.

    –¿Con Silvia?

    –Sí, señorita. Con Silvia.

    Miro el reloj; las once y veinte. Llega el ascensor. Abro la puerta exterior al cajón, la de rejilla metálica. Abro también una de las puertas de madera, entro.

    –Bueno, que tenga buenos días, señorita.

    –Ah, Tomás. Gracias, muchas gracias.

    ¿Gracias por los buenos días? ¿Gracias por alguna otra cosa?

    Pulso el botón del séptimo. Las once y veinte y todo el mundo arriba. Enrique y Silvia arriba, un jueves por la mañana a las once. Pulso de nuevo el botón del séptimo. ¿Por qué no arranca el ascensor? Vuelvo a pulsar el botón, ahora con más fuerza. El ascensor no se mueve. Busco la ayuda de Tomás con la mirada. Lo veo entrando ya en la conserjería, ajeno a la idea que dejó en mi cabeza. El ascensor no funciona. Estoy a punto de llamar a Tomás o de salir en su busca cuando me doy cuenta de que no cerré la puerta de madera. Cierro. Pulso el séptimo. El ascensor arranca.

    Hay un banco en el antiguo elevador, un banco anacrónico, aunque a veces me he sentado en él a rebuscar las llaves en el bolso. También hay un espejo. El señorito ya está arriba. Miro al espejo. Con Silvia ¿Por qué siempre hay un espejo en los ascensores? En el reflejo del cristal veo palabras entre interrogantes. ¿Enferma? ¿Problemas en la escuela por el aguacero?

    El ascensor alcanza el tercer piso. Ahora los interrogantes tienen la voz de Enrique. ¿Hoy tienes la vesícula, verdad? ¿Seis horas de quirófano? ¿Volverás tarde?

    El ascensor alcanza el cuarto piso. Hay más preguntas aún en el espejo. Son preguntas recientes, repetidas. O ya no son preguntas, se les cayeron los signos de interrogación, son frases: déjame, ya la acuesto yo; déjame, ya la baño yo.

    Antes de llegar al quinto, pulso el botón de parada. El ascensor se detiene justo ante el rellano. Abro la puerta de rejilla. Salgo, cierro la puerta. El ruido metálico me sobresalta. ¿Quién vive en esta planta? Los Pujol y la señora Márquez. ¿Por qué he bajado aquí? Miro por el hueco del amplio patio de la escalera. Miro al descansillo enmarcado en mármol blanco de la planta baja, lejos, abajo. Tomás no está. Subo por los peldaños hasta el sexto, hasta el séptimo, hasta mi casa. Arriba, en la azotea, la lluvia repiquetea con fuerza sobre la claraboya. No puede ser, no puede ser, me digo. Me quito los zapatos. Es que estaban mojados, pienso que diré. Deslizo la llave en la cerradura. Abro sin forzar. Hay unas risas o unos gritos. Sorpresa, pienso que diré. Hay unos gemidos de niña, alegría o angustia. ¿No me esperabais? pienso que diré. O no; no me esperabais, sin pregunta. No me esperabas.

    Descalza, cruzo el recibidor junto a la gran luna con el paragüero inspirado en Gaudí. El paraguas quedó en el ascensor, pienso. Entro en el corredor. Las exclamaciones vienen de nuestro dormitorio. Ahora escucho también la voz de Enrique, tan suave que apenas diferencio sus palabras. O sí. Ha dicho muñeco. Me detengo.

    En el pasillo, sobre la antigua cómoda de marquetería, una copa de Murano roja, robada de Bocaccio. Sobre la copa un espejo grande. Ahí les veo. Ahí distingo una frase de Enrique. ¿Te gusta mi muñeco?

    Son un reflejo; no son más que un reflejo. Una luz sobre un espejo, emitida por otro, la puerta grande del armario del dormitorio. Él, desnudo sentado en la cama, ella sobre sus rodillas encendida por la risa o por la excitación o por el miedo. ¿Te gusta mi muñeco?

    Debe haber un cuchillo en la cocina. Uno grande. Puedo pasar delante de la puerta del dormitorio hacia la sala, sin que me vean. Puedo dejar los zapatos en la cocina y tomar el cuchillo.

    O será mejor volver atrás ─el paraguas quedó en el ascensor─, cerrar la puerta, fingir que no encuentro las llaves en el bolso, hacer sonar el timbre para que el juego se interrumpa, para que el muñeco se guarde. Con prisa, con vergüenza. O ese es el problema. La vergüenza.

    Vuelvo atrás. Cierro la puerta del piso con cuidado. Pugno por abrir la puerta de rejilla metálica del ascensor. Intento no hacer ruido, ahora el edificio está en silencio; ya no llueve, o llueve mucho menos. Entra más luz por la claraboya. La puerta de rejilla se resiste. Lloro. Forcejeo. Veo que el ascensor no está. Miro hacia abajo por el hueco donde penden los cables. En el quinto. Lo detuve en el quinto. Me deslizo dos pisos por las escaleras. Lloro. Siento las lágrimas chorrear por mi boca, por mi cuello. Entro en el ascensor. Ahí está el paraguas, sobre un gran charco de agua. Pulso el botón de la planta baja.

 

 

Subiendo. (Superinteligente, 1976)

 

    –Mamá, ¿cómo se hace para sacar peores notas?

    –Nunca había escuchado un disparate de estas dimensiones, Silvia.

    –Pero, ¿cómo se hace?

    La ventana ofrecía una vista rutilante aquella tarde de Octubre. El sol estaba alto todavía y Teresa había corrido los visillos para que la alfombra no perdiera color.

    –Anda, siéntate aquí a mi lado y explica. ─dijo.

    Silvia se acercó al costurero situado bajo la ventana. Varios ovillos de hilo de color estaban ordenados sobre el pequeño mueble. Abrió la tapa de madera y los colocó dentro. Luego se sentó encima. A sus once años, ya podía rodearse las rodillas sin esfuerzo cada vez que se sentaba en el estuche. Era su postura favorita.

    –No puedo seguir sacando excelentes de todo. ─dijo decidida.

    –Pero vamos a ver, Silvia; desde que empezaste la primaria tu orgullo ha sido siempre ser la primera de la clase, sacar las mejores notas. Dame el ovillo verde, por favor.

    Silvia se levantó, abrió la tapa del costurero y extrajo el hilo de su interior. Se lo pasó a su madre.

    –Perdona −dijo Teresa−, debí habértelo pedido antes de que te sentaras.

    Entrecerró los ojos para enhebrar la aguja a contraluz, contra el resplandor del sol de tarde. Su hija la miraba y callaba, como si su silencio colaborara a mejorar el buen pulso de su madre. No lo consiguió a la primera; tuvo que humedecer sus labios y chupar el hilo para afinar su trama. Tras el segundo intento el alfiler quedó preparado y Teresa retomó el dedal y el calcetín.

    –A zurcir, dijo. Y a aclarar qué es lo que pasa ahora con las notas. ¿Piensas estudiar menos?

    –No; ya he probado a estudiar menos y no me sale.

    –Que ya has probado...

    –Sí y también he probado a poner algún fallo en los exámenes y tampoco me sale.

    Teresa alzó la mirada por encima de las gafas de coser en dirección al rostro de su hija. Cortó el hilo segándolo con su incisivo y aplicó la aguja a otro calcetín.

    –¿No te sale? ─Teresa no entendía nada, pero confiaba en  que su hija acabaría por explicarle cual era el problema si le daba suficiente tiempo.

    –No me sale. El otro día nos preguntaron las siete colinas de Roma. Bueno; habría podido fingir que sólo me sabía seis. Pero eso hubiera sido como mentir, porque me las sabía las siete. O pensé: pon ‘Capitino’ en lugar de ‘Capitolio’ y la profe te puntuará menos. Pero tampoco pude. Se me hubiera reído. No me sale.

    –Lo que no entiendo, hija, es por qué quieres de repente dejar de obtener los mejores resultados en las pruebas de la escuela.

    Silvia vaciló, como si le costara manifestar su idea. Por fin dijo:

    –Es por Cheryl, mamá.

    –Y ¿Quién es Cheryl?

    –Es la niña americana nueva.

    –Ah, tu nueva amiga.

    –Mi nueva mejor amiga. Es superinteligente.

    –Bueno, eso está muy bien. Ya era hora de que tuvieras como mejor amiga a alguien medianamente inteligente. Me tenías muy preocupada con toda la retahíla de niñas desvalidas que tenías como amigas.

   –No eran desvalidas, mamá, es que nadie las entendía. Tomás me había dicho muchas veces que yo las ayudaba mucho. Ah!, y Cheryl no es medianamente inteligente. Es superinteligente.

   –Sí, ya me lo has dicho... Lo siento, cariño, ahora necesitaré el hilo blanco. ¿No podrías sentarte sobre unos almohadones en lugar de sentarte siempre sobre el costurero?

    –No tenemos almohadones, mamá ─dijo Silvia mientras se levantaba y le pasaba el hilo blanco a su madre. Teresa repitió el ritual con la aguja. La enhebró a la primera.

    –¿Y cuál es el problema de que Cheryl sea superinteligente?

    –Bueno, ella estaba acostumbrada a sacar las mejores notas en Boston.

    –¿Y aquí no puede ser la primera de la clase?

    –No... La primera soy yo.

    Teresa detuvo la puntada sobre el pijama blanco de su hija. Levantó un poco la pieza para ver el efecto del cosido; había repasado los bajos, algo deshilachados. Dejó sus manos en alto y volvió a mirar a su hija por encima de sus gafas de coser. No podía sostener esa mirada mucho tiempo; una extraordinaria sensación de amargura la colmaba al intentarlo. 

    –La primera eres tú. ─dijo.

    –Sí. Y no es justo. Cheryl está muy triste. Y llora.

    –Y no es justo. ─dijo Teresa.

    –No, porque el problema con Cheryl es el idioma. Aún no habla nuestra lengua como nosotras; no es justo que eso le haga sacar peores notas y sólo pueda ser la segunda.

    –Pero Silvia, en unos pocos meses ella habrá aprendido el idioma y entonces ya se verá si sigue siendo la segunda o la primera o la tercera. Ha de hacer un esfuerzo más, vale, pero la que saldrá beneficiada será ella.

    Silvia no dijo nada. Una nube oscureció la tarde. Teresa movió su silla para descorrer un tanto los visillos. Se quedó unos instantes frente a la ventana, casi rozando con el brazo los hombros de su hija, sentadas las dos, ella sobre su silla de ruedas, Silvia sobre el pequeño costurero. Teresa rozó con las yemas de los dedos los cabellos de su hija. Le acarició la frente, luego deslizó su mano hacia la nuca de la pequeña.

    –Cheryl está triste ─dijo Silvia─ nadie la entiende cuando habla...

    –Nadie la entiende, excepto la mejor alumna en lengua inglesa, la que entiende a los incomprendidos ─Dijo Teresa al tiempo que retomaba la costura.

   –No quiero ser la mejor alumna en lengua inglesa ─dijo Silvia─ porque está muy claro que quien habla mejor inglés es Cheryl.

    –¡Silvia!

    –Qué, mamá.

    –Por favor, ve al cuarto de baño y tráete el alcohol, anda. Me acabo de pinchar.

 

 

Subiendo. (La proposición, 1989)

 

    La sala de espera de Oscar Zuloaga le producía a Teresa la misma paz de la primera tarde. Transcurridos veinte años desde aquella entrevista, se acomodó en el mismo rincón como tantas otras veces en que ojeó revistas, curioseó bodas reales, chismes y divorcios, mientras Oscar jugaba con la niña en la vecina consulta o le pedía que dibujara.

    Cuando Silvia mejoró y pudo desplazarse acompañada por Tomás, su madre dejó de acudir a la consulta. Sus contactos con el psicólogo se habían limitado desde entonces a las ocasiones en que él había requerido su presencia. Tal vez hacía ya cinco o seis años, pensaba Teresa, que no veía a Manolito. El mismo Manolito de siempre, o tal vez algún mellizo, enviado desde Toys–R–Us, lugar de origen de la saga, según le había comentado el psicólogo.

    –¿Pensativa? ─Preguntó Oscar desde la puerta. Su cabello canoso y más corto era el único signo del tiempo transcurrido. Seguía vistiendo de manera informal, con una elegancia que Teresa sólo podía calificar de austera: ropa muy exclusiva pero poco llamativa. Se sentaron una vez más uno frente al otro, separados por la imponente mesa del despacho.

    –Me preguntaba si esta sería la última vez que vengo a tu consulta ─dijo Teresa.

    –Veo que Silvia te ha comentado que quiere terminar su tratamiento.

    –Sí; también me ha dicho que tú estabas de acuerdo.

    –Lo estoy, lo estoy, Teresa. Silvia es una mujer de veinticuatro años y ha desarrollado los recursos psíquicos necesarios para hacerse cargo de su vida. No te negaré que estoy muy contento con el trabajo realizado con ella. Pero no es para despedirnos que te he pedido que vinieras. Ya hablamos hace unos años de que Silvia se responsabilizaría por entero de su proceso cuando alcanzara la mayoría de edad.

    Oscar calló, se quitó las gafas y pasó sus dedos pulgar e índice sobre sus ojos en un gesto que, Teresa había aprendido, le daba unos segundos adicionales para elegir las siguientes palabras.

    –Silvia me ha pedido ─y yo he aceptado─ que interviniera ante ti para proponerte algo ─dijo el psicoanalista─. Es como una especie de último acto de apoyo simbólico.

    –Pero ella nunca ha necesitado tu apoyo... quiero decir, desde que la ayudaste a superar el trauma de los abusos sexuales de su padre. Creo que desde los catorce o quince años, incluso antes, tuvo las cosas muy claras. Tampoco se ha cortado nunca para hablar conmigo abiertamente.

    –No se trata de eso; lo que voy a decirte en su nombre muy bien hubiera podido decírtelo ella directamente; sabe que lo encajarás bien... por lo menos en la primera parte. Pero Silvia quiere que yo le ayude, desde mi supuesta sagacidad profesional, a valorar tu reacción. En otras palabras, quiere saber si tú aceptarás su proyecto sólo por un gesto de amor hacia ella o si te entusiasmarás con su ilusión como ella misma.

    Teresa creyó intuir hacia dónde se dirigiría la petición de Silvia.

    –Te escucho ─Dijo.

    –En realidad son dos cosas ─dijo el psicólogo─, aunque la primera es la más importante.

    Repitió el gesto de frotarse los ojos.

    –Sabes que la opción sexual de tu hija pasa por la homosexualidad. Está claro que no quiere saber nada de los hombres...

    –¿Quieres decir que lo que le ocurrió de pequeña podría ser la causa de...?

    –No se conocen exactamente las causas de las conductas sexuales, Teresa. Siempre vienen determinadas por múltiples factores, casi una infinidad de factores. En el caso de Silvia, el tratamiento se inició en un momento muy temprano de su vida. Justo después del trauma por abuso y también... bueno, no hemos hablado mucho de esto, Teresa, pero la muerte de Enrique, por más que no hubiera sido un modelo de padre, también...

    –Fue un hijo de puta, Oscar, no sólo no fue un modelo de padre: fue un hijo de puta.

    –Está bien, está bien. Lo que quiero decirte es que cuando se tienen tres años o cuatro años no se viven las cosas del mismo modo que cuando uno se da cuenta de lo que representan y esto no llega a ocurrir hasta pasada la adolescencia. En la primera infancia, cuando se erogeneiza una relación afectiva, hay una sobreexcitación morbosa, inasimilable a causa de la edad. Esto deja sus huellas; fue lo que trabajamos aquí con intensidad los primeros cuatro o cinco años de la terapia de Silvia.

    >>Y luego trabajamos la culpa, las secuelas, el duelo y todo lo demás. Quiero que entiendas que Silvia vivió también el dolor de la muerte de su padre, Teresa. Tuvo la gran suerte de tener relativamente cerca a un hombre íntegro como Tomás, pero tú lo sabes muy bien: un portero o un vecino o un profesor de la escuela no es un padre y Silvia tuvo que sufrir la falta del suyo y la invalidez de su madre, todo en el mismo accidente. No sé lo que hubiera sucedido si Enrique no hubiera muerto.

    Oscar hizo una breve pausa, como si vacilara en continuar. Luego dijo:

    –¿No se te ocurrió nunca denunciarlo? Antes del accidente, quiero decir.

    Teresa titubeó. ¿Habría adivinado Oscar la verdad? Sintió que le era imposible revelarle el secreto al psicoanalista. Sabía que era un excelente profesional, pero ella no era su paciente, lo era Silvia. Sacó del bolso un paquetito de Kleenex, eligió uno y se sonó la nariz. Luego lo dobló y volvió a introducirlo en el paquete. Tomó la figurita de Atenea de encima de la mesa de despacho. Le dio vuelta, acarició su pequeño escudo. Una defensa al mismo tiempo que una intimidación, pensó.

    –Me di un tiempo para reflexionar ─dijo─. Habíamos decidido desde antes que Silvia pasara con mis padres una temporada en Mallorca tan pronto terminara el curso. Faltaban sólo quince días para junio cuando descubrí toda la mierda. Él nunca supo que yo lo sabía. Íbamos a viajar a Estados Unidos aprovechando unas Jornadas de Cirugía Digestiva; hicimos el viaje y luego ya vinieron las vacaciones. Estuvimos juntos en agosto. Pensé mucho durante aquellas semanas. Pensé mucho.

    –¿Demasiado?

    Teresa levantó la vista en dirección a Oscar. Dejó la figurita de la diosa griega encima de la mesa.

    –Te he interrumpido, Oscar, ¿qué querías decirme sobre Silvia?

    –Quieren tener un hijo, Teresa. Quieren fertilizar a Silvia en el laboratorio.

    Volvió a sacar los Kleenex, ahora para detener el torrente de lágrimas que se deslizaban mejillas abajo.

    –¿Por qué no me lo decían? Claro que me volvería loca con un nieto o una nieta... Dios... Claro ─dijo Teresa en un sollozo.

    –Hay algo más Teresa, hay algo más; ahí es donde Silvia quiere que intervengas y no se atreve a pedírtelo. Han elegido a alguien muy concreto como donante de semen. Ese donante, caso de que aceptara, debería renunciar a su paternidad biológica y mantenerla en secreto.

 

 

Subiendo. (El lugar de un padre, 1990)

 

    –¿Cuánto tiempo hace que nos conocemos, Tomás?

    –Veintiséis años, señorita Teresa.

    Tomás no había querido sentarse en el sofá. Sabía que el rincón favorito de Teresa estaba junto a la ventana que daba a Muntaner y había insistido en colocar la silla de ruedas donde siempre. Tomó una de las sillas del comedor y se la acercó. Estaba sentado sin apoyarse en el respaldo, con las manos sobre las rodillas.

    –Más de media vida, ¿no es cierto? ─dijo Teresa.

    –Bastante más, yo tenía dieciséis cuando la señora Pujol me dijo que el señor Basilio se jubilaba y me recomendó para la portería.

    –Solo dieciséis años. ¿Cuántos tenías cuando vine... cuando vinimos a vivir aquí?

    –Pues tendría diecisiete, a punto de cumplir los dieciocho. Ustedes vinieron en abril, ¿verdad?

    –Tienes buena memoria, Tomás. Perdona que te pregunte por tu edad. Creía que eras mayor que yo y resulta que tienes cinco años menos. ¿Nunca hiciste la mili?

    –Por ser hijo de viuda; ya ve.

    Por un instante ninguno de los dos habló. Subía desde la calle el trepidar de una taladradora. Obras. Teresa tuvo que esforzarse para seguir hablando; le costaba manifestar sus sentimientos. Dijo:

    –Siempre has sido muy apreciado en nuestra familia Tomás, sobre todo por Silvia.

    –Yo también la quiero mucho a la señorita Silvia. Será que sólo he servido para tener hijos varones ─sonrió─ me hubiera hecho mucha ilusión una niña. Pero uno no puede decidir.

    Abajo el ruido de los operarios continuaba. Alguien gritaba una consigna de vez en cuando.

    –Hay veces en que uno sí puede decidir ─dijo Teresa─ Precisamente en este sentido tengo que pedirte una cosa, Tomás, y no quiero que te enfades.

    El hombre se encogió en su silla. Sonrió.

    –Usted dirá, señorita Teresa.

    –No es para mí; es para Silvia. Si fuera para mí no te lo pediría.

    –Siendo para Silvia es como si fuera para usted, señorita Teresa; yo las aprecio mucho a las dos... a las tres. Y Nati y los niños también.

    –¿Cuántos años tienen ahora?

    –Nati cuarenta y dos...

    –No, no; quiero decir los niños.

    –Quince, catorce y doce, ya están hechos unos hombrecitos.

    –Lo sé; no los veo mucho pero cada vez que me suben algún paquete los encuentro mayores. ¿Quieres que vayan a la universidad?

    –Qué más quisiéramos. Veremos si pueden ganar alguna beca.

    –Eso estaría bien, pero lo que quiero proponerte podría garantizarte que estudiaran.

    –Entonces es importante... no sé...

    Tomás se revolvió en su asiento. Calzaba los zapatos negros que usaba para trabajar, siempre impecables, y un mandil a rayas azules muy finas, como una bata, sobre los pantalones grises del uniforma. Teresa se dio cuenta de que estaba llevando la conversación del peor modo. Pensó que el hombre acabaría por creer que iba a proponerle algo inmoral. Tal vez lo era, se dijo.

    –¿Has oído hablar de la fecundación in vitro, Tomás?

    –Algo he leído, sí, en los diarios. Es para cuando no se pueden tener hijos, ¿verdad?

    –Sí, ahora ya tenemos en Barcelona clínicas especializadas. Veo que lees los periódicos.

    –Bueno; sobre todo, los domingos.

    –La verdad es que no sé cómo decirte lo que tengo que decirte Tomás.

    Tomás bajó la vista. Hubo otro silencio. Aún con la mirada fija en sus zapatos, dijo:

    –Será por la señorita Silvia, o por la señorita Cheryl, digo yo.

    Este hombre nunca dejará de sorprenderme, pensó Teresa. Sonrió.

    –Pues sí; y Silvia ha insistido en que tenías que ser tú quien donara... No la he podido convencer de que hay bancos de... bueno, tú sabes que Silvia y Cheryl son pareja, ¿verdad?

    –No hay nada malo, señorita Teresa. Yo las conozco que debían ser más jovencitas que mi pequeño ahora... Bueno, a Silvia la conozco desde que nació y luego, cuando la conoció a la señorita Cheryl, ya siempre andaban juntas.

    –Ella quiere que vayas a la clínica y dones semen para fertilizarla, Tomás.

    El hombre callaba, su mirada fija en sus zapatos.

    –También me ha pedido que esto sea secreto. Que nadie sepa de tu participación. De verdad, Tomás, no puedo comprender el por qué, lo he discutido mucho con ella, pero es lo que me pide.

    –Hay cosas que no deben intentar comprenderse, señorita Teresa. Son porque sí; llegan y luego pasan como se le pasó a la señorita Silvia aquella tristeza cuando conoció a Cheryl. Yo estuve muy contento de verla feliz después de tantos años, con lo que había sufrido.

    –¿Te refieres al accidente?

    Tomás no respondió. Su mirada aún baja, estaba atenta al dibujo que parecía trazar con el zapato sobre la lana de la alfombra.

    –Un portero se da cuenta de muchas cosas, señorita Teresa.

    Fue como si una mano la hubiera agarrado por el vientre y le hubiera penetrado en las entrañas. Otra vez, pensó. Otra vez la espina. Pero no siento nada de cintura para abajo, no puede ser la espina.

    –¿Qué quieres decir?

    –Nada. Perdóneme señorita Teresa. No soy más que un conserje. No me gusta ver a la gente sufrir. Y si con toda mi modestia puedo ayudar a que Silvia sea feliz, cuente conmigo. Yo estoy muy contento de cómo ha cambiado todo desde aquel mes de mayo.

    –¿Qué sabes tú de aquel mes de mayo?

  Tomás tardó en responder. Parecía aguardar una tregua de la taladradora, abajo en Muntaner, en las obras del gas o de las conducciones de agua. Hizo un gesto con los hombros como lamentando tener que alzar la voz.

    –Sé mucho y no sé nada, señorita Teresa ─dijo─ A lo mejor tendría que callarme. Si digo algo que la ofende no me deje seguir, por favor. Pero es que hay cosas que no tienen perdón y alguien ha de decirlas.

    Teresa quería detener las palabras de Tomás. Sabía que no iba a poder. Abajo, el ruido del barreno cesó de repente.

    –¿Qué sabes? –dijo en un susurro.

    Tomás respondió en voz muy baja, siempre mirando al suelo, a los dibujos imaginarios de la alfombra.

    –Sé un ascensor con un charco de lluvia y una joven que me acaba de decir que ya no va a salir y que a los pocos minutos se marcha sin abrir el paraguas. Sé que se olvida las puertas del ascensor abiertas. Sé que aquel ascensor no bajaba del séptimo, sino del quinto. Sé que la cara de aquella joven ya nunca fue la misma, como si se le hubiera muerto el alma. Ya no sé nada más, señorita Teresa. Pero cuente conmigo. Y no me tiene que dar nada. No quiero que mis hijos se vuelvan holgazanes. Igual se han de esforzar para ganar la beca.

 

 

Planta séptima. (Camino a Harvard, 2012)

 

    –No saques todos esos bultos a la vez ─dijo Teresa– Vas a cargarte la espalda.

    –Lo que voy a cargarme es el bolsillo ─dijo Ricky─ sólo tengo derecho a treinta y cuatro kilos de equipaje.

    Ricky trajinaba maletas y bolsas desde su dormitorio al descansillo de la escalera.

    –Cada kilo extra son quince dólares ─añadió─ Eso si no me paso; si me paso me obligan a pagar otro billete.

    –Bien sabes tú que te tengo una sorpresa preparada ─dijo Teresa.

    El muchacho entró en la sala y se acercó a su abuela mientras se limpiaba las manos con un pañuelo.

    –Bueno, parece que ya está todo. No pasa nada si dejo abierta la puerta del piso unos minutos ¿verdad?

    –Qué va a pasar; bajamos enseguida.

    –¿De verdad quieres bajar a la calle a despedirme, abuela? Ten en cuenta que es sábado y que Tomás no está para abrirte la puerta cuando yo me haya ido.

    –Vamos, no me infravalores, Ricky. A finales de agosto algún vecino entrará o saldrá de casa a las nueve de la mañana; digo yo. Por nada del mundo me perdería darle un beso de adiós a mi nieto a la puerta del taxi.

    –Pero te vas a emocionar, abuela.

    –Llevo más de un mes llorando varias horas cada noche, tonto, ya he agotado la reserva de llanto. Y hoy me he tomado un Orfidal con el desayuno. ¿Ya has llamado al taxi?

    Ricky consultó su reloj.

    –Llegará en un cuarto de hora ─dijo.

    –Entonces ven y toma esto.

    Ricky se acercó a la ventana. Teresa le tendió un sobre. Al entreabrirlo, el muchacho vio un fajo de billetes.

    –¡Abuela! Son de cien.

    –C–notes creo que les llaman allá. Dáselos a Cheryl cuando llegues al aeropuerto y que abra una cuenta a su nombre con una tarjeta de crédito para que la uses tú. Pero guárdate antes unos cuantos. Cash para pecados inconfesables, ¿vale? Y no le digas nada a Silvia de que te los has guardado. Por Navidades te enviaré más.

    –Me mimas demasiado, abuela.

    –Desde que empezaste la carrera he cambiado cien dólares al mes para cuando fueras a acabarla a Boston. En tres años, echa cuentas.

    –¿Cómo sabias...?

    –Los padres de Cheryl, esos sí que te miman. Estaba claro que te iban a conseguir plaza en Harvard para el último curso. Y a lo grande.

    Ricky se giró hacia la ventana. Dejó que su mirada se perdiera en el paisaje urbano.

    –Soy muy feliz, abuela ─dijo. En su voz bailaba un deje de nostalgia; Teresa lo advirtió.

    –Venga, a ver quien se emociona ahora ─dijo.

    –¿Crees que con Jeanette estarás bien?

    –Hace más de seis meses que la contratamos y es perfecta. Se ha prestado a venir hasta los fines de semana por la tarde. No necesito nada, en serio.

    Ricky calló; miraba al exterior. Tomó la mano de su abuela con la suya.

    Mi dulce niño, pensó Teresa, tal vez seas tú quien necesites más. Ni siquiera conoces la verdad sobre tu padre biológico. ¿Por qué se ha empecinado Silvia en ocultártelo? ¿Por qué, a pesar de todo, no te lo cuento yo?

    –¿Qué ves ahí fuera? ─preguntó.

    Por unos instantes compartieron la vista; él desde su metro noventa de estatura, ella desde su silla de ruedas. Tomados de la mano como dos párvulos esperando la entrada en el colegio.

    –Veo lo que ves tú, abuela.

    –Dímelo Ricky; mientras los dos lo vemos quiero escuchar tu voz. La voz de Batman, ¿te acuerdas?

    –Pues veo... ─Ricky se interrumpió─ Uf, casi me emociono; yo no he llorado todas estas noches.

    –No vayas a empezar ahora; sólo dime qué ves.

    –Veo la calle empinada que baja hacia la bruma del centro, hoy va a ser un día de calor. Veo el rascacielos de las Atarazanas, junto a Colón, algunos edificios que no reconozco. O sí; veo la aguja de la catedral. El verde de Montjuic a la derecha, el azul del mar un poco más allá. Hay dos o tres cruceros enormes, parecen edificios construidos sobre el mar. La torre de San Sebastián, la metálica. Ahora sale una cabina roja suspendida por los cables sobre el puerto.

    Sonó el timbre de la puerta.

    –El taxi ─dijo Ricky.

    –Espera. ¿Ves algo más?

    –Qué se yo. Veo las luces rojas de los frenos en los coches que bajan por Muntaner. Hoy no hay muchos. Veo los árboles. ¿Son acacias verdad? No son como los de las demás calles. Anda, vamos abuela, el taxista se va a cabrear.

    Ricky condujo la silla de Teresa hasta el rellano, junto al ascensor.

    –Me olvidaba de algo ─dijo Teresa–, baja primero tú con las maletas; mientras lo ponéis todo en el maletero del taxi os alcanzo.

    Con un movimiento hacia atrás, Teresa giró la silla y accionó el motorcito para entrar en el piso. Cruzó el pasillo ante la luna del paragüero estilo Gaudí, pasó ante su dormitorio, llegó a la sala, se acercó a la ventana, abrió el costurero y extrajo de su interior unas gafas de sol: unas Ray–Ban, un viejo estuche de color piel, ennegrecido por el paso del tiempo. Tomó el estuche entre sus manos. ¿Por qué no puedo decirle a Ricky la verdad? Pensó. Luego miró por la ventana hacia la calle Muntaner.

 

 

Planta sótano. (El accidente, 1969 agosto)

 

    He tenido que insistir para que me dejara conducir el Milquinientos a pesar de que durante la cena ha bebido demasiado.

    –Has bebido demasiado ─le he dicho al cogerle las llaves. Y me ha costado no añadir: como siempre.

    Quiero preservar su buen humor, quiero que siga dándome conversación y no se duerma.

    Hará cinco minutos que hemos dejado la autopista. Ya no debe faltar mucho. Veo el signo: cruce a trescientos metros. Aminoro la marcha, pongo el intermitente.

    –Me parece que las ruedas están un poco bajas; ten cuidado en el cruce ─me dice.

    –Ajá.

    Sé que en el cruce no habrá problemas. De noche hubiera visto las luces de otro auto si los hubiera habido. Tomo la carretera vecinal, el suelo no es suave pero la suspensión absorbe bien los baches. Comienza la bajada. Pongo las luces largas. La carretera parece un túnel verde entre los árboles.

    –¿Puedes pasarme las gafas de sol, por favor? Están en el bolso, en el asiento trasero.

    –¿Para qué necesitas ahora las gafas?

    Le miro, sonrío. El coche sigue ganando velocidad en la gran recta.

    –Me molesta el reflejo de las largas. ¿Puedes?

    A regañadientes se gira e intenta alcanzar el asiento trasero. Gruñe. No llega al bolso, uno pequeño, sabiamente elegido. Ha de desabrocharse el cinturón de seguridad.

 

 

Exterior. (Palabras nunca dichas, 2012)

 

    La puerta del ascensor ya no es de rejilla metálica. Ni el cajetín es de madera. Son un diseño reciente de acero inoxidable. El ruido producido cuando arranca, nada tiene que ver con una nota musical, apenas es silbido de culebra.

    Teresa pulsa el botón de descenso. Casi no nota la leve sacudida, el movimiento.

    Abajo, Ricky la está esperando con la puerta de la calle abierta. En la última reforma, habilitaron rampas para sillas de ruedas. Teresa desliza la suya al exterior. Sale a la calle. El taxi está cargado. Es un Toyota de los silenciosos.

    –Toma Ricky, un poco más y se me olvida ─Teresa le entrega el estuche con las gafas de sol.

    –Pero abuela; son las Ray–Ban, las originales, las antiguas, como las que usaba Steve McQueen.

    –Ya no se dice antiguas, Ricky, ahora se dice Vintage. Anda, guárdalas junto al pasaporte en el bolso de mano. Y recuerda a tu abuela cuando te las pongas en Boston y te confundan con Steve.

    Ricky se inclina y la abraza. Largamente. Se gira y sube al taxi. Teresa le sonríe en silencio.

    Cuando el coche se pone en marcha, lo ve decir adiós por el cristal trasero. Lleva las gafas puestas. Abre la ventanilla y agita una mano al exterior.

    El taxi se pierde pendiente abajo.

    Sola en la acera de Muntaner mira el declive de la calle, los árboles que la bordean. Como la carretera, piensa; el desnivel interminable, el largo túnel verde, piensa. Ve las luces de los semáforos, verdes también, sincronizadas, invitando al descenso. El viejo Milquinientos habría puesto a prueba su suspensión en la bajada.

    Ricky tenía razón; apenas pasan coches. Algún taxi vacío proveniente de la Bonanova. Poco más. El sosiego de  agosto.

    Cuarenta y tantos años, piensa Teresa. Siempre la misma vista, los mismos árboles, los mismos edificios, la misma cuesta abajo.

    Qué pereza subir a casa. Qué pereza salir de este momento de quietud, piensa. Ya no me queda odio, sólo pereza. El tiempo detenido en la mañana de verano. Y un rinconcito de paz, piensa, aunque no haya sido capaz de decirle su verdad a Ricky. Ni la mía.

    Le di las gafas.

    Siente una sensación de vacío, una urgencia de aire cálido en el rostro, un deseo de brisa en las mejillas, en los brazos y el pecho. Como en la carretera, se dice: ganar velocidad, perder el control, ganar libertad. Cargar la culpa a cuestas.

    A cuestas.

    Una mano se le posa en el hombro como si fuera una paloma. Teresa gira la cabeza.

    –Buenos días, Tomás.

    –Buenos días, señorita Teresa. ¿La ayudo a entrar?

    –¿Cómo tú por aquí hoy sábado?

    –Ya ve; dando una vuelta.

    Entran en el portal. Teresa acomoda la silla en el ascensor, Tomás cierra la puerta. Ve elevarse el cajetín de acero. El lunes tengo que limpiar los espejos de dentro, piensa.