La agresividad, cincuenta años después

El año 2018 se celebrará el cincuenta aniversario de algunos acontecimientos ocurridos en unos pocos meses durante la primavera de 1968. El llamado Mayo Francés, la Primavera de Praga y las airadas reacciones ante el asesinato de Martin Luther King en abril del mismo año parecían orientar al mundo en una dirección de apertura y rebeldía.

    El escrito que presento aquí apareció en un libro publicado por GRADIVA, Asociación de Estudios Psicoanalíticos, en 1998, treinta años después de los hechos citados. El título del libro es El narcisismo a debate. Mi aportación a ese libro la titulé La agresividad treinta años después.

   La cuelgo en la web, en un ejercicio a la vez de estupor y esperanza. Estupor ante la evidente actualidad de las reflexiones abiertas aquella primavera. Esta actualidad se ha puesto de manifiesto nuevamente tras la represión en Catalunya el 1 de Octubre de 2017. No ya treinta, sino cincuenta años después de aquella primavera, las cargas policiales mantienen vigentes las amenazas de la agresividad.

    La esperanza, seamos optimistas, consistiría en que este humilde texto nos permita pensar que las cosas cambiarán en las próximas cincuenta primaveras.

    Si es que las primaveras sobreviven a los designios del cambio climático.

 

    La fotografía que abre el texto la tomé en Mostar, Bosnia-Herzegovina. No es la fotografía de un cementerio, sino la de una plaza pública ocupada por tumbas. La razón es que el odio entre Musulmanes y Croatas no permitía a ninguna de las dos facciones salir de su reducto para enterrar a sus muertos. Los enterraban en las plazas de sus barrios. Y ahí siguen, veinticinco años después.

    [Entre corchetes figuran los añadidos actuales]

 

LA AGRESIVIDAD CINCUENTA AÑOS DESPUÉS

 

Los comentarios que he podido recoger recientemente sobre la Primavera del 68 apuntan en su totalidad al desencanto. Los que participaron en él lo evocaban más bien como una quimera juvenil, justificable por el idealismo de la adolescencia, mientras que los jóvenes de ahora, no acaban de entender la algarabía de sus mayores en aquella época; total, para llegar al conformismo de costumbre una vez alcanzada la edad adulta. Una encuesta en lugar destacado de La Vanguardia incluyó durante todo el mes de mayo [del año 1998] una pregunta sobre la famosa pintada “La imaginación al poder”, planteada a personajes importantes del mundo del arte, de la política, de la cultura. Prácticamente ninguno de ellos consideraba vigente la frase en nuestros días. Son conceptos reñidos, concluían. ¿Imaginación al poder? O una cosa o la otra.

    Para mí, lo paradójico consistía más bien en esa supuestamente necesaria antinomia entre los dos conceptos: ¿por qué el poder debería estar marcado por una falta absoluta de imaginación?

    Igualmente me dejaba perplejo la lectura que se hizo en los media de los otros dos hechos: el asesinato de King y la represión soviética en Praga. Violentos ejemplos de la intolerancia racista y totalitaria, fueron valorados por los comentaristas como estallidos de otras épocas, los tiempos en que el racismo y la guerra fría eran realmente un peligro.

Hoy en día -afirmaban-, superada la polaridad Este-Oeste, la sociedad, al menos en el primer mundo, debe moverse hacia una globalidad menos agresiva.

    Sin duda el narcisismo sobrevuela gran parte de estos planteamientos, de modo que propongo retomar un texto de Lacan sobre la agresividad [La agresividad en psicoanálisis, en Escritos, Jacques Lacan, 1966]  y abrir algunas reflexiones sobre el tema, treinta años después. Me ceñiré a la quinta tesis del texto que se ocupa de la agresividad en referencia a la sociedad y a la cultura.

    Emmanuel Kant alude al narcisismo en la Crítica de la Razón Pura. Por supuesto, el término no aparece en el texto como tal, ya que no había sido acuñado todavía. Pero Kant lo denomina “philautia”, expresión que evoca vagamente al autismo y a la que define como una excesiva benevolencia hacía uno mismo. La sitúa como raíz del amor propio (eigenliebe). Para Kant la razón pura práctica viene a ser una herida en ese amor propio, al que él considera natural en los seres humanos con anterioridad a la implantación de la ley moral. Es justamente la razón pura práctica la que obliga al amor propio a concordar con la ley moral para constituir lo que él denomina el “amor propio racional”. Se deduce de esta última afirmación, como Kant señala, que el sentimiento producido por la implantación de la ley moral, freno de nuestras inclinaciones más vehementes, es un sentimiento de dolor. La herida producida por la ley en el amor propio es causa de dolor.

    Creo que es en este punto donde Lacan encuentra cierta tangencia entre Kant y Sade, pues el ser humano, si busca sujetarse a la ley como fundamento de determinación de la voluntad, encontrará simultánea y necesariamente, alguna forma de dolor. Hay una base hasta cierto punto masoquista en la trastienda de cualquier sumisión a la ley, comprensible cuando consideramos que el abanderado interno de dicha ley -esto es, el superyó- puede llegar a revestir las formas más tiránicas. La docilidad frente a las exigencias de un superyó excesivo, por más que socialmente valorado, tiene cierto regusto a perversión, en tanto evoca la relación del esclavo con el amo. Pese a lo cual, sacudirse las coacciones del superyó puede abrir aun con mayor facilidad las conductas perversas por la vía de la transgresión.

    ¿Será esta la causa por la que, desde el tiempo prerrevolucionario de Kant, época en la que se asientan los valores subjetivos enunciados por Descartes, parecemos inmersos en una sociedad perversa?

    Si así fuera, la perversión del espacio social no nos ha reportado mejora alguna en la satisfacción de las inclinaciones. Ninguno de los excesos imaginarios a los que me referiré a continuación ha sido capaz de mitigar el malestar en la cultura. Ni instalados en un momento perverso, llegan los integrantes de un campo social poco cohesionado, como el actual, a vivir sin angustia. ¿Deberíamos modificar la expresión freudiana de malestar en la cultura y substituirlo por el de malestar en la perversión?

    ¿Qué perversión? ¿La mera presencia de un masoquismo en potencia, un masoquismo casi-constitucional, al que acabo de referirme al mencionar a Kant, justifica que hablemos de perversión? Lacan lamentaba que, pese al avance de la formalización de la teoría psicoanalítica, los psicoanalistas no hubieran sido capaces a lo largo de los años de señalar ninguna nueva perversión. Tal vez esto vendría a probar, afirmaba, que estamos en el corazón del problema cada vez que nos esforzamos por profundizar en el papel económico del masoquismo.

    Me gustaría plantear una reflexión sobre cierta perversión, no sé si nueva, pero al menos marcadamente actual. Me refiero a la desubjetivización, la tendencia a despojar al individuo de sus valores subjetivos en la supuestamente necesaria escalada hacia la objetividad. ¿No es una perversión el expolio de la subjetividad del fenómeno humano? ¿No es una perversión que seamos tratados como objetos por quienes más deberían entender que al hombre hay que tratarlo como a un sujeto? Políticos, informadores, agentes del campo financiero, determinados médicos y psicólogos, policías y hombres de estado parecen emitir el mismo mensaje: “Mírenlo todo bien, y así se ahorrarán pensar; si se les ocurriera hacerlo, enciendan la televisión [ veinte años después, en el siglo XXI, podrían sugerir: ‘conéctense a las redes sociales’]. En lugar de hablar, miren.

    La mirada ha sustituido al significante.

    Tomemos a Lacan en la quinta tesis del texto mencionado. Él arranca de Hegel para recordarnos que la tiranía del imaginario responde a la lucha por el puro prestigio que comporta la búsqueda desesperada e imperativa del reconocimiento del otro. Una vez desencadenada esa lucha, tanto si culmina en el triunfo estéril del amo, como si lo hace en la humillación, fecunda en el trabajo, del esclavo, advertiremos que las posiciones imaginarias de éxito o de fracaso no son sino maneras de apaciguar el efecto terrorífico del amo absoluto: la muerte.

    Pero ajetreados en la lucha -no siempre metafórica- por establecer el dominio del yo para tomar distancia de la muerte, aunque tan sólo sea en apariencia, corremos el riesgo de privilegiar hasta tal punto la instancia yoica, que llegamos a perder los valores del resto de componentes subjetivos.

    Dos cuestiones del panorama de los últimos treinta años [cincuenta años] son particularmente ilustrativas: por un lado, la creciente sustitución del terror ante la muerte por el pánico narcisista ante el deterioro del cuerpo. Se da así la paradoja de que ya no da miedo morir; ahora horroriza envejecer. Muchos prefieren perder la vida cien veces antes que ver marchitarse su belleza o sus capacidades corporales. Y no cualquier belleza -la de la serena madurez, por ejemplo-, o cualquier capacidad corporal, sino aquellas impuestas por los cánones cosmopolitas cuya imagen refleja a menudo la languidez anoréxica, para desesperación de la bulimia famélica (famélica de hambre, del latín fames y no del inglés fame, que significa fama). En mi consulta un adolescente confesaba que cuando su cuerpo no pueda resistir una noche de juerga que se extienda de viernes a domingo, la vida para él ya no tendrá sentido.

    La segunda cuestión sobre la que quiero incidir apunta a otra sustitución: la de los valores tradicionales que podrían denominarse del ideal del yo, por técnicas que tienen que ver con la eficiencia. No solamente se han perdido los ritos sociales donde solía manifestarse la comunidad, sino que son ya pocas las fiestas donde uno puede liberarse de las exigencias del superyó sin renegar de su plena integración a la sociedad reconocida. La función pacificadora del ideal del yo queda excluida incluso del campo donde la imago paterna llegaba a revestir mayor vigencia desde que Freud escribiera Tótem y tabú: el campo de la violencia y la agresividad directas, el campo de la guerra. Ahora la guerra exige individuos cada vez más precisos y, sobre todo, más neutros. Su agresividad debe despojarse de la carga de patetismo bélico. Recordemos las imágenes televisadas de la Guerra del Golfo: una pequeña burbuja verde cruzaba la pantalla del televisor para introducirse por la ventana adecuada en el Palacio Presidencial de Bagdad. Miles de burbujitas apuntaban a miles de ventanas, mientras la monocorde voz del locutor de la CNN nos llevaba a dudar de lo que contemplábamos; si era la imagen de un solo misil repetida centenares de veces o la de incontables misiles diferentes. La agresividad encuentra ahora su lugar privilegiado en los atentados terroristas, los desmanes arbitrarios de la locura arrmada y las represiones de cualquier subversión. [En Catalunya, se han denunciado con imagenes las cargas policiales. Se han mostrado rostros sangrantes y escenas violentas. En las televisiones estatales, se han mostrado niños acompañados de sus familias con evocaciones directas o indirectas, de los escudos humanos palestinos. No hay guerra. Hay pacificación; una pacificación sangrienta]. 

    Este rechazo de la imagen pacificadora del ideal del yo deja las cosas a medio camino en lo que se refiere a la instauración de la subjetividad en el individuo humano. No hay que olvidar que el sujeto, por más que encuentre en el registro imaginario la base para sustentar su crecimiento, no podrá comprenderse plenamente como existiendo en la realidad sólo por asumirse en el espejo. En la imagen se sentirá captado, pero no entificado. Deberá ser el campo simbólico, la palabra, el que regule las relaciones entre el yo y el otro que se percibe fuera de uno mismo, en los reflejos que la realidad aporta. En la medida en que la diferenciación yo-objeto no quede suficientemente delimitada, tampoco podrá entenderse el campo subjetivo como completamente instituido. Una tensión aniquilante se establece así en la frontera de este momento fundante, sea configurando la agresión del individuo al medio, sea, como a menudo reconocemos en la paranoia, revertiendo el proceso sobre la propia persona, y generando delirios que puedan sostenerlo. El lenguaje es la frontera, el instrumento, que permite superar el narcisismo primario.

    La que antes denominé perversión de nuestro tiempo pasa por el dominio de la imagen sobre la palabra, como si los dos momentos para la constitución subjetiva del individuo se dieran por alcanzados con la consecución única del primero. La cultura de la palabra escrita está siendo sustituida por la cultura de la imagen. Los libros -los editores son conscientes de ello- se compran, pero no se leen. Ceden terreno ante los multimedia. La clásica enciclopedia de doce volúmenes ha sido sustituida por un clic para ver en pantalla la información adecuada. Puede verse lo que antes sólo se leía.

    Cuanto más predomina la imagen, más el sujeto se desubjetiviza.

    Lo más alarmante no es tanto el predominio de la imagen en nuestra cultura, sino el efecto de fijación del interés pulsional del individuo en un momento arcaico. La fijación es el tercer factor constante en toda perversión. Vemos a diario en la pantalla del televisor muestras de dolor insostenibles que son, en cambio, sostenidas (¿esponsorizadas?) por la pérdida de identidad de quienes las padecen. La imagen, destinada precisamente a ser dinámica, se estanca; pierde su conexión con la siguiente y con la anterior. Allí donde debía adquirir su sentido en el juego de alternancias y oposiciones, lo que justamente constituye el lenguaje cinematográfico, juego significante, en definitiva, allí se queda plana, repetida una y mil veces a riesgo de perder en el curso de su andadura imaginaria la verdadera dimensión que pretende significar.

    Sería como realizar una inversión de la metáfora de Ítaca. La ficción de movimiento sin dar en realidad ni un solo paso está sustituyendo tanto a la Ítaca objeto del deseo como al camino en sí. Acaso nos movemos sólo en una realidad virtual para correr, como lo hacen los atletas del fitness, en las cintas rodantes que no conducen a ninguna parte, sino a agilizar la imagen del cuerpo. Caminar sin movernos o hablar sin decir palabra hasta que llegue un momento en el que ya ni siquiera “nos quede la palabra” el último consuelo del poeta. Este consuelo perdería su peso en un mundo desubjetivizado donde la palabra hubiera sido sustituida por la imagen; en un mundo grotesco cuyo deterioro nadie podría atribuir, es obvio, a la perfección de una tecnología, sino al uso perverso que de esa tecnología está haciendo nuestra sociedad.

    Acabaré con unas palabras del pasado pronunciadas treinta [cincuenta] años atrás por Martin Luther King. Están referidas a la inutilidad de la violencia. Él murió violentamente, pero sus palabras permanecen vivas.

   “La violencia crea más problemas sociales de los que resuelve y, por lo tanto, no conduce nunca a una paz permanente. Estoy convencido de que si sucumbimos a la tentación de utilizar la violencia en nuestra lucha por la libertad, las generaciones futuras estarán destinadas a soportar una larga y desolada noche de amargura. Nuestro principal legado será para ellos el inacabable reino del caos”.

    ¿Cuál será el legado que dejaremos a las generaciones futuras si no podemos despegarnos de ese momento de fijación al imperio imaginario? ¿Qué necesitaría nuestra sociedad para dotar a la eficiencia de la tecnología de su justa dimensión de paso entre dos pasos, y sustraerle el pedestal de la deificación donde la ciencia la ha encaramado?

    La “larga noche de amargura” de la que King nos habla sería una noche en que la agresividad no hubiera podido ser mínimamente iluminada por la tenue luz de la palabra. Las palabras de Martin Luther King sobre la inutilidad de la violencia en la lucha en favor de la libertad resuenan con particular potencia en la postguerra de Kosovo treinta años después [o en el “caos” de Siria, cincuenta años después. O en la represión policial en Catalunya, hoy mismo].