El hombre que pescaba en el rompeolas. Piluca Ruíz.

Agradezco a Piluca Ruíz su amable autorización para la publicación de su relato en esta web.
 
      Relato premiado con un Accésit en el II Certamen Cultural Europeo de FEAFASS.
            Publicación autorizada por FEAFASS sin repercusiones económicas.
            La fotografía de la portada es gentileza de Pilar Jiménez de Cisneros
 
                       EL HOMBRE QUE PESCABA EN EL ROMPEOLAS
                                                  PILUCA RUÍZ
 
 
Cuando se jubiló, Abisinio Boixader se sumió en un profundo desconcierto. Se sentía liberado y condenado, las dos cosas a la vez. Liberado porque desde hacía algunos años  era consciente de que sus habilidades como relojero habían ido a la baja. No es que hubiese llegado a ese punto por cansancio o aburrimiento o por haberse quedado desfasado. Al contrario, en conocimientos y experiencia nadie le ganaba y las horas en el taller le llenaban de satisfacción. La cuestión era otra: la vista le había ido fallando y las manos le empezaron a temblar. Afortunadamente, cuando esto ocurrió, Don Faustino Figueras, su jefe, que le profesaba un gran afecto, le ayudó. No lo hizo sólo por piedad sino porque, en honor a la verdad, se sentía en deuda con él. Sabía que le debía la excelente reputación de su establecimiento. Abisinio Boixader había sido un relojero excepcional.
 Don Faustino le puso un ayudante. Era el hijo de un pariente lejano y se llamaba Benito Marragán. El argumento que utilizó para que Abisinio lo aceptara, sin sentirse menospreciado, fue la petición de un favor. A sus dieciséis años, el chaval tenía todos los visos de convertirse en un cantamañanas y era necesario buscarle una ocupación. Aunque don Faustino creía que el muchacho, más que tener visos, era ya era un auténtico cantamañanas, también estaba convencido de que, a pesar de su conducta, era un buen chico y estaba muy espabilado. 
Hicieron buena pareja. Benito era un pésimo estudiante pero disfrutaba trabajando con las manos y le gustaban los relojes. Era rápido, intuitivo y hábil. Además, disponía de una cualidad innata, la precisión, capacidad que había desarrollado y perfeccionado con muchas horas de videojuegos. Abisinio le enseñó todo lo que sabía y el chico puso un enorme interés y aprendió deprisa. Empezó desmontando y montando los relojes pero pronto fue capaz de limpiarlos, pulirlos y cambiarles los cristales. Más tarde supo también verificar la impermeabilidad, corregir los defectos de las agujas y reemplazar las manecillas. Aprendió a adivinar los fallos e intuía con acierto las averías. Rara vez fallaba cuando opinaba, por ejemplo, que un eje estaba ligeramente doblado o que el cañón de los minutos tenía floja la presión. Con el tiempo, se fueron cambiando las tornas. Por eso, cuando le llegó el momento de la jubilación, Abisinio se sintió liberado. Por aquel entonces, él ya había pasado de maestro relojero a ayudante y Benito, aunque ni él ni don Faustino lo pusieron nunca de manifiesto, había asumido la dirección. 
 Al despedirse, Don Faustino puso a su disposición la relojería. Podía seguir acudiendo cuando le apeteciera e incluso, si quería echar una mano, sería siempre bienvenido. Pero Abisinio rechazó su ofrecimiento declarando que ya le había llegado su hora y que le había llegado en el momento oportuno y que era un honor para él jubilarse con dignidad. Los dos hombres, venciendo sus escrúpulos, se dieron un cálido y sincero abrazo y en silencio, se agradecieron toda una vida de complicidad.
 Los primeros días de su nuevo estado resultaron horribles para Abisinio. A la pena de la pérdida de su oficio, de la nostalgia de su profesión y de los síntomas de su deterioro físico había que añadir los reproches de su esposa, Concepción. Levántate ya, que tengo que hacer las camas.  Quítate de ahí, que tengo que limpiar. Levanta los pies que necesito pasar la escoba. No te muevas que acabo de fregar.
 Abisinio andaba por la casa con la sensación de ser una mosca pesada a la que se espanta de un lugar a otro con ganas de aniquilar. De vez en cuando, al ver el bailoteo desenfadado del plumero con el que su esposa y la asistenta quitaban el polvo, le daba por pensar que también a él, de un plumazo, querían hacerlo desaparecer. Acababa sentándose, acurrucado, en cualquier rincón de la casa, con las piernas en alto por si a ellas se les ocurría pasar la escoba o la fregona. A la luz de su vista cansada, se miraba sus manos temblorosas y acariciaba en su memoria todos y cada uno de los relojes que había construido o reparado.
―¿Qué haces ahí, arrugado como un acordeón? ―le decía Concepción―.  Haz algo.
―¿Y qué voy a hacer? ¿A dónde voy a ir?
―Vete al Casino a jugar al dominó o a las cartas. O al paseo y dale a la petanca.
―No me gustan esas cosas.
―Pues entretente como el marido de la Dolores que cada día se lee el Boletín Oficial del Estado.
―No me interesa el Boletín Oficial del Estado.
―Pues el Liborio se lo traga de cabo a rabo. Algo tendrá, digo yo.
 Abisinio Boixader no sabía lo que tenía el Boletín Oficial del Estado ni quería saberlo. Tampoco le atraían los juegos del dominó, la petanca o las cartas. A él sólo le gustaban los relojes pero, lamentablemente, sus manos y sus ojos le habían vuelto la espalda y le habían privado del único entretenimiento que respondía a sus intereses e ilusiones.
Una mañana, apremiado por su esposa, se vistió de punta en blanco, se acicaló el bigote, se atusó el pelo con brillantina y decidió salir a la calle.
―¿A dónde vas vestido de figurín?
―Siempre he vestido así, Concepción.
―Sí, pero antes ibas a la relojería y ahora estás jubilado. Si te pones la camisa y los pantalones de tergal puedo meterlos en la lavadora pero el traje hay que llevarlo a la tintorería y ya sabes que tu pensión no da para muchas alegrías…
Él no respondió pero se mantuvo inflexible. No concebía la idea de vestir de otra manera. Se sentía elegante cuando se ponía el traje. Y, en verdad, resultaba elegante.  De natural alto y delgado, aquel tipo de vestimenta lo estilizaba y favorecía.
Caminó con paso firme hacia la puerta y cuando la cerró, dejando los reproches a su espalda, eran alrededor de las once.
Enfiló la calle Apodaca que, cuesta arriba, desembocaba en la plaza del Ayuntamiento. A esas horas había mucho movimiento y se distrajo un rato mirando el ir y venir de las mujeres con los cestos de la compra, de los hombres con traje y cartera de ejecutivo, de los adolescentes con sus mochilas y sus libros de texto bajo el brazo. Los comercios tenían bonitos escaparates y sonaban las campanillas de las puertas con el entrar y salir de los clientes. En las terrazas de los bares, la gente que tomaba café se alternaba con la que ya disfrutaba del primer aperitivo. En algunos restaurantes, los turistas extranjeros, haciendo honor a los horarios de su tierra, comían paellas, ensaladas y calamares a la romana. Abisinio Boixader dio dos vueltas a la plaza observándolo todo con mucha atención. Lo hizo despacio y poniendo un gran interés hasta en los detalles más nimios. Pero si lo hizo así, no fue porque le interesaran, ni poco ni mucho, aquel escenario y sus actores sino para alargarse el falso entretenimiento y retrasar, en la medida de lo posible, su sensación de inutilidad y desamparo. 
A la tercera vuelta, decidió dar por concluida su estancia en la plaza. Se detuvo en una esquina y con cierta parafernalia, exenta de vanidad, sacó su reloj de bolsillo  y miró la hora. Qué lento pasa el tiempo, pensó. Mientras al compás de ese pensamiento, suspiraba y se descorazonaba, sin darse cuenta, levantó la cabeza y se encontró ante su vista con la esfera del reloj del Ayuntamiento. Lucía en la fachada, en lo alto de la cornisa. Qué horror, se dijo consternado, ese reloj atrasa tres minutos. Abrumado por lo que le pareció una catástrofe, entró muy decidió en el edificio oficial y se dirigió al mostrador de información, en el que le atendió una joven muy amable. Expuso su explicación con detalle y la chica le dijo que le agradecía la advertencia y que tomaba nota para pasársela a su superior. Abisinio se ofreció a informar directamente al superior: no me importa hacerlo señorita, tengo todo el tiempo del mundo, dijo. La joven le respondió con mucha educación pero no aceptó su ofrecimiento y no le dejó pasar de la recepción. 
Salió el hombre contrariado y de nuevo desorientado, sin saber a dónde ir. Entonces se le ocurrió hacer un repaso de los relojes de la ciudad para ver si funcionaban correctamente. Enfiló la Subida de la Misericordia y de nuevo cuesta arriba, llegó hasta la Catedral. Sacó de nuevo su reloj de bolsillo y consultó. Comparó las horas y sufrió una nueva decepción: el reloj de la plaza de la Catedral adelantaba cuatro minutos. Entró en la basílica con el ánimo de advertir del desastre que acababa de descubrir pero no encontró a nadie a quien dirigirse. Pensó en aprovechar la ocasión y matar el tiempo confesándose. Mientras andaba husmeando por los confesionarios y levantando con cuidado las cortinas para ver si encontraba alguno con sacerdote incluido, una señora mayor, vestida de riguroso luto, le indicó que los días de diario no había confesión.
―¿Y misa? ¿Hay alguna misa ahora? ―le preguntó Abisinio, agarrándose a un clavo ardiendo para encontrar una ocupación.
―No. Habrá misa a las ocho de la tarde, en aquel rincón ―le respondió señalándole  una pequeña capilla a la izquierda del altar mayor.
Salió de la Catedral más deprimido de lo que entró. Determinó examinar el reloj del Parque de los Caídos y con esa intención tomó, cuesta abajo, la calle del Rosario. El parque estaba solitario y se adentró por el paseo de gravilla, bordeado de cipreses, que conducía hasta el monumento levantado en honor a los muertos y en cuya lápida rezaba la inscripción: “Caídos por Dios y por España.” Sintió una honda melancolía y recordó a sus dos hermanos mayores, muertos los dos en la misma batalla, los dos a la orilla del Ebro. Recordó a su madre, vestida de negro para siempre, enlutada como aquella mujer que acababa de informarle de que los días de diario no había confesión en la Catedral.
Se acercó a la fuente de tres caños y se entretuvo observando cómo manaba el agua a través de las bocas de tres ángeles de la guarda. El reloj estaba a la izquierda y lo habían construido a modo de farola, con una esfera enorme que simulaba una corona de flores. No tuvo necesidad de sacar su reloj de bolsillo para constatar la hora. Enseguida se dio cuenta de que las saetas de la corona de flores permanecían inmóviles, indicando las cinco menos cuarto de no se sabe qué tarde o de qué noche. Este reloj está tan muerto como todos los Caídos, pensó. Derrotado, dio media vuelta y volvió sobre sus pasos. Cabizbajo, recreándose en el crujir de la gravilla, salió, sin rumbo, del parque.
Caminó hasta el Paseo Principal. Recordando el último ofrecimiento de Don Faustino, a punto estuvo de acercarse a la relojería. Sin embargo, su voz interior  le recordó que se había jubilado con dignidad y que era mejor sufrir el aburrimiento y la soledad que convertirse en un chapucero.  Logró controlar el deseo y pasó de largo.
Sin darse cuenta, se encontró frente a la puerta del Casino. ¿Por qué no intentarlo?, se dijo. Abrió la puerta y subió las escaleras de una en una, como si arrastrara un gran peso. La sala estaba llena de hombres mayores, que jugaban al dominó y a las cartas. Los observó. Tomaban cafés, cervezas y hablaban en voz muy alta. Fumaban y parloteaban sin quitarse el cigarrillo de la boca. A Abisinio le desagradó aquel ambiente. Además, los golpes que los hombres daban contra la mesa con las fichas del dominó le producían dolor de cabeza. Decidió que, tal como había pensado, aquello no era para él y deshizo el camino andado, bajando las escaleras con la misma parsimonia con que las subió.
Mientras seguía andando sin rumbo, de repente se le ocurrió una idea: podría ir caminando hasta el faro. Allí, al final del rompeolas, construido sobre un amasijo redondo de piedras, había un reloj de sol. Hacía un día espléndido y con toda seguridad aquél reloj estaría en hora. Animado por lo largo del paseo y por la asegurada satisfacción, aligeró el paso y emprendió el camino hacia el faro.
A mitad del trayecto, le adelantó un hombre que iba montado en una bicicleta. Llevaba una cantimplora colgada en bandolera y una fiambrera metálica atada con un cordel en la parte trasera del sillín. Con una mano, sostenía en horizontal una caña de pescar que sujetaba, por delante, en el manillar. Pedaleaba despacio, como si le dolieran las piernas o le costara respirar. Le acompañaba un perro, también viejo, que parecía agradecer la lentitud de su amo. No era de extrañar porque el perro, además de viejo era cojo. Caminaba renqueando, dando pequeños brincos y sacando la lengua. A Abisinio se le ocurrió pensar que tal vez, al perro, siendo un cachorro, lo hubiese atropellado un coche. Debió aprender a caminar sólo con tres patas, pensó, pero cuando el camino es largo y el cansancio le hace mella, seguro que debe echar en falta el cuarto apoyo. Mientras veía como se alejaba el ciclista, sintió una oleada de envidia hacia él. Aquel hombre, por lo menos, tenía una ocupación: pescaba. Pensó que él también podría pescar pero enseguida desechó la idea. Los insectos le producían repugnancia y se sentía incapaz de andar poniendo moscas y lombrices en el anzuelo. Además, ¿qué iba a hacer con los peces que pescara? Concepción era alérgica al pescado y en cuanto a él, sólo con pensar en el tacto viscoso de aquellos animales, sentía un profundo malestar. Siguió caminando, se olvidó del pescador y se concentró en el reloj de sol. Hacía ya muchos años que no lo veía. Posiblemente, la última vez que lo vio habría sido un día de verano por la tarde cuando, en familia, salían de paseo los cuatro. A veces, tomaban el camino del rompeolas y llegaban hasta el faro. Los chicos, Jesús y Daniel, iban en la bicicleta y pedaleaban arriba y abajo mientras Concepción y él, cogidos del brazo, caminaban por detrás de ellos. Iban despacio, comentando los pequeños sucesos de la vida o las anécdotas del barrio. Abisinio se emocionó al recordarlo y  lamentó el que sus  hijos vivieran fuera de la ciudad. Si estuviesen aquí, pensó, podría llevar a mis nietos al parque o acompañarlos al colegio. Sería una bonita ocupación.  Mientras le daba vueltas a aquel deseo que no había podido ser, vio que la torre del faro estaba ya casi a sus pies.
La sorpresa le partió el corazón: el reloj de sol había desaparecido. Donde  antes se alzaba el reloj habían construido un pequeño embarcadero. Dolorido y decepcionado, se dio la vuelta y se quedó de pie, parado, intentando recobrar el ánimo antes de emprender el camino de regreso. Entonces, se dio cuenta de que frente a él, sentado en las rocas, estaba el hombre de la bicicleta. Llevaba una chaqueta gruesa de fieltro y una gorra de lana. A su izquierda, tenía plantada la caña.  El perro estaba tumbado a sus pies y dormitaba. De vez en cuando, se levantaba, ladraba y husmeaba entre las rocas. Abisinio pensó que debía olisquear a las ratas que corrían entre las piedras.
Se aproximó al hombre y se colocó a su espalda. El pescador no se movió sino que permaneció inmóvil, con la vista clavada en el horizonte. Abisinio se quedó impresionado por aquella quietud. Vio que sobre una piedra estaba la fiambrera metálica y se distrajo imaginando su contenido. Después pensó que si algún pez picaba, hasta podría resultar entretenido y decidió quedarse de pie donde estaba. A veces, el mar, al chocar contra las rocas, los salpicaba de espuma. El aire le traía un ligero tufo de col recién hervida, el olor que atrae a las aves marinas. En ocasiones, y según la dirección que tomaba el viento, llegaba hasta él el olor del puerto, del pescado de la lonja, del combustible de los mercantes, de la madera húmeda de los barcos viejos. Abisinio se relajó y se entretuvo un buen rato contemplando el mar, el vuelo de las gaviotas y la figura del pescador. Sin embargo, mientras observaba la escena, se dio cuenta de que algo le fallaba en aquella estampa. Advirtió que le faltaba la imagen del sedal, rígido y tenso, sumergiéndose en el agua. Movido por la brisa, el hilo de la caña, holgado y distendido, oscilaba de un lado a otro como si estuviese lastrado por una pesa muy ligera. Un golpe de viento alzó el bajo de línea por encima de la superficie y Abisinio, sorprendido, vio que el sedal no tenía anzuelo. Se acercó al hombre y le dijo:
―Señor, perdone que le moleste pero creo que se le ha estropeado la caña.
El hombre giró lentamente la cabeza hacia donde él se encontraba y, sin decir nada, se encogió de hombros como si aquello no le importara. Él insistió.
―Perdóneme de nuevo, señor, tal vez usted no se haya dado cuenta pero su sedal no tiene ni pesas ni anzuelo. Así no va a pescar nada.
El hombre repitió el gesto y continuó callado. Abisinio se quedó perplejo. Continuó de pie, sin moverse. Mientras permanecía estupefacto y quieto, una idea empezó a dar vueltas y vueltas en su cabeza hasta que tomó forma y fue capaz de articularla: así también podría pescar yo, pensó. Se sintió invadido por una ola de alegría y satisfacción. Venciendo su timidez, adelantó unos pasos y se colocó al lado del pescador.
―Perdóneme una vez más, señor, pero quisiera pedirle un favor. ¿Tendría usted una caña como la suya para prestarme?
El pescador, sin moverse, respondió:
―No, ésta es la única que tengo pero si quiere podemos compartirla.
―¿Compartirla? –le preguntó Abisinio entre sorprendido y emocionado―. ¿De verdad no le importaría?
El hombre volvió a girarse lentamente y lo miró. Señaló una roca con la mano, hizo un gesto invitándole a que tomara asiento y contestó:
―Faltaría más, señor.
Abisinio le dio las gracias, sacó del bolsillo del pantalón un pañuelo blanco, lo desdobló, lo colocó con cuidado en la roca y se sentó. Inspiró. Al espirar, cerró los ojos y desde su oscuridad, empujó la puerta del establecimiento y entró en la relojería.
 Cruzó entre mostradores y vitrinas y caminó por el pasillo oscuro y estrecho hasta llegar al fondo de la trastienda.  Abrió la puerta del taller y encendió la luz. Se quitó el gabán y lo colgó en el perchero. Se sentó frente a la gran mesa alargada de madera que utilizaba como banco de trabajo. Pulsó el interruptor del flexo y el tablero blanco de la mesa se llenó de una luz fría con tonos azulados. Repasó con la vista todas y cada una de sus herramientas de trabajo: la lupa, el destornillador, las pinzas, la grata, la lima, la punzonera, las lentes de aumento… Comprobó que no faltaba nada. Cogió el cuaderno de tapas de negras y lo abrió por la página que había dejado marcada. En el papel pautado tenía anotados los encargos. Los fue repasando uno por uno mientras los reseguía con el dedo: el Festina de pulsera al que había que ajustarle el calendario, el Citizen de cuarzo con la esfera sucia, el Omega de bolsillo que retrasaba, el Breguet de finales del diecinueve que tenía que valorar, el de pared alemán cuyo péndulo no oscilaba. Abisinio valoró la urgencia, el tiempo y la dificultad y se programó el orden del día. Cogió su monóculo lupa y se lo puso en el ojo derecho. Se lo encajó entre la ceja y el pómulo. Extendió el brazo y alcanzó el Citizen de cuarzo. Con la mirada nítida y las manos firmes de antaño, se inclinó sobre el reloj y se dispuso a repararlo.
A la mañana siguiente, Abisinio Boixader desenterró del cuarto de los trastos el pequeño cesto de mimbre con asa metálica que su padre utilizaba para llevarse la comida cuando trabajaba de ferroviario. Colocó dentro una fiambrera de plástico que antes había rellenado con unas lonchas de queso, una rebanada de pan, una manzana y un puñado de cacahuetes pelados. Añadió una botella pequeña de agua y lo cubrió todo con una servilleta de cuadros. Se vistió con su mejor traje, se acicaló el bigote y se peinó con un poco de brillantina. Entusiasmado, se despidió de las dos mujeres y se dirigió hacia la puerta del piso. Ellas, sorprendidas por su talante, lo siguieron a hurtadillas por el pasillo. Cuando Abisinio ya estaba en el rellano de la escalera, oyó la voz de Concepción.
―Pero tú, ¿adónde vas hoy, con esa cesta y tan contento?
 Él no se detuvo y empezó a bajar las escaleras. Al segundo o tercer peldaño, giró un poco la cabeza, levantó la voz y dijo:
―Me voy al faro.
Cuando llegó, el hombre de la bicicleta ya estaba sentado en el rompeolas con el perro dormitando a su lado y husmeando a las ratas de vez en cuando. Se le acercó.
―Buenos días, señor –dijo Abisinio―. No sé si me recuerda. Ayer estuve aquí y usted fue muy amable conmigo permitiéndome que compartiera su caña de pescar.
El pescador, sin darse la vuelta, asintió con la cabeza.
―¿Le importaría que hoy también la compartiéramos?
El hombre que pescaba en el rompeolas se giró lentamente y lo miró. Señaló una roca con la mano, hizo un gesto invitándole a que tomara asiento y contestó:
―Faltaría más, señor.
Abisinio le dio las gracias. Sacó del bolsillo su pañuelo blanco, lo desdobló, lo colocó en la roca y se sentó. Cerró los ojos y, de nuevo, desde su oscuridad, empujó la puerta del establecimiento y entró en la relojería.