La Muerte y Las Religiones

LA MUERTE Y LAS RELIGIONES.

 

Hace algunos años murieron en nuestro país dos niños cuyos padres se negaron, por motivos religiosos, a que sus hijos recibieran trasfusiones de sangre. Publiqué un artículo en El Periódico de Catalunya con las reflexiones que este hecho me produjo. Lo titulé EL JUICIO DE SALOMÖN. En el subtítulo una pregunta: ¿Puede una madre sacrificar a su hijo por motivos religio­sos?

La foto que ilustra este post es gentileza de Pilar Jiménez de Cisneros.

 

 

  Uno de mis más antiguos recuerdos es una imagen ­representan­do al Juicio de Salomón. Aún me parece estar viendo al ­sabio en su trono y ante él a las madres en dispu­ta; una de ellas, la farsante, se muestra indiferen­te, mientras la otra, la verdadera, alza la mano para frenar al verdugo; está dispuesta a todo, incluso a renun­ciar al hijo, con tal de preser­varle la vida. El soldado, con el bebé semi­desnu­do en una mano y la espada en la otra, detiene su gesto en espera de la posible con­traorden.

  En aquella época la Reli­gión era una asignatura obligatoria. Desde los ocho o nueve años, los niños intentábamos comprender las alegorías y simbolismos, no siempre sencillos, de la Historia Sagrada. Mi abuelo se prestaba a responder a mis preguntas con la incondicio­nalidad de todos los abuelos. "¿Habrían asesinado al niño si la verdadera madre no hubiera protestado?, le preguntaba yo. El respondía que una madre nunca dejaría morir a su hijo y que la sabiduría de Salomón residía no tanto en haber dictado una sentencia justa, que no lo era, sino en saber que la verdadera madre no la admitiría.

  Han pasado más de cuarenta años desde entonces y en estos días en que simultáneamente dos niños han muerto ante las negativas de sus madres para aceptar que se les practicaran transfusiones, el recuerdo de aquella imagen me ha vuelto a la cabeza; será que los motivos aducidos por esas madres eran motivos religiosos, derivados de una determinada interpreta­ción de la Biblia; será que, contrariamente a lo que Salomón sabía, sí puede haber causas para que una madre deje morir a su hijo.

  Quiero dejar claro, ante todo, que ni estas reflexiones, ni las que seguirán, tratan de criticar a ninguna religión deter­mi­nada. Considero un acierto que en el momento actual, cuando apenas existen las distancias, la población tienda a la convi­vencia interracial, supera xenofobias y racismos y convi­van entre sí las distintas religio­nes, junto a las posi­cio­nes de los escépticos, agnósticos y ateos. No intento, entonces, demostrar lo absurdo de ninguna práctica ni creencia, por apartadas que puedan resultar de las nuestras. Mi escri­to apunta únicamente a ponderar algunas de las fun­ciones psicoló­gicas de la religión para el ser huma­no.

  Desde que el hombre es hombre, se ha interrogado por sus inicios, por su destino después de la muerte y por las causas o razón de su vida. Con la misma avidez con que el niño le pre­gunta a sus padres los enigmas que por sí solo no puede re­sol­ver, las distintas civilizaciones han tratado de hallar­les respuesta a los misterios de la vida y de la muerte. Probable­mente este afán por penetrar los enigmas ha favorecido en gran medida el desarrollo de la técnica y de la ciencia, pero hay fenómenos que ellas no puede explicar.

  Los primitivos encontraron en el mito una interpretación plausible acerca de sus orígenes. Posteriormente, a medida que la capacidad de simbolización y ­las leyes de convi­vencia fueron afirmándose, las grandes religiones monoteístas hicieron su aparición en el panorama humano. Sin duda las creencias religiosas, cualesquiera que sean, con su general corolario de una promesa de eternidad en el más allá, amorti­guan la angustia del mortal ante la imposibilidad de dar res­puesta a la incógnita que la muerte nos plantea.

   Es tanto lo que ofrecen estas religiones, que cualquier sacrificio en esta vida parece pequeño si se lo compara con el premio en la otra. De hecho, entendemos a la misa católica como un sacrifi­cio, simbólico, pero enigmáticamente postulado como real y sabe­mos de las religiones antiguas que exigían sacrificios de sangre, a veces -por fortuna en tiempos muy pretéritos- hasta humanos.

   El sacrificio del goce terrenal es una de las condi­ciones de casi cualquier religión. A cambio, las religiones ofrecen enormes compensaciones, reservadas, eso sí, al más allá.

  La pregunta que surge entonces a raíz de la muerte de esos niños por no haber recibido transfusiones es: ¿hasta dónde se puede llegar en esos sacrificios? ¿Puede una madre sacrificar la vida de su hijo por motivos religiosos? La Conferencia Episco­pal ha sido clara y ha colocado el límite en el respeto a la existen­cia humana. Pero claro, fueron otro tipo de creencias los que motivaron los casos, creencias ajenas a las principales religiones que se siguen en nuestro país. El drama­tismo adicional de estos casos es que en ellos no se jugaba únicamente la libre decisión de una persona adulta de poner su propia vida al servicio de sus creencias, sino que se jugaba la vida de unos niños sobre quienes decidían sus proge­nito­res.

   Preci­samente en uno de los casos hubo desa­cuerdo entre ambos progenitores y el marido ha denunciado a la esposa tras el falleci­miento del hijo, dando lugar al corres­pondien­te juicio.

   Esperemos del juez o la jueza que arbitre el caso toda la sabiduría de Salomón, pues en él se juega algo más que el derecho de un padre disconforme; se juega la convi­vencia de las religiones minoritarias con la preponderante, la toleran­cia o no hacia costumbres que resultan extrañas, y pueden pare­cer aberrantes, y la delimitación por parte de la instancia ju­dicial de hasta dónde se deben respetar las creen­cias religio­sas.

   Será como un nuevo juicio de Salomón, con una diferencia: en este caso el niño, los niños, han abando­nado ya esta vida.