Akira Kurosawa

SAYONARA, MR. KUROSAWA

 

    Los tres grandes hitos en la historia fílmica del viejo realizador recién fallecido marcan otras tantas etapas de nuestra propia historia. Con Rashomon nos enseñó que la realidad es engañosa y que cada protagonista de cualquier suceso lo vive desde su propia percepción. Los japoneses dejaban de ser los malos en las películas bélicas. El cine japonés obtuvo, con un León de Oro en Venecia, el reconocimiento de Occidente.

    Con Los siete samuráis, Kurosawa abrió la puerta a la posibilidad de que otros países se sintieran capaces de relatar formas de vida y de muerte genuinamente americanas. Los espagueti western tuvieron mucho que agradecer al genio integrador de Kurosawa. El hieratismo de Clint Eastwood aún está en deuda con el enorme Toshiro Mifune.

    Ya en plena madurez, Kurosawa nos regaló su mejor película: Derzu Uzala, una canción desesperada a la naturaleza y a la lealtad, grito anticipado contra el racismo y la soledad, amenazas de la actualidad.

    Cuando un gran creador consigue hacernos reflexionar sobre las inquietudes de su tiempo, su muerte es un poco menos dura. Queda su obra para recordarnos el gran hombre que fue.